Así se fabrica una crisis
El manual de Bezmenov en cuatro etapas
Llevamos ya analizando elecciones y matemáticas en cinco textos consecutivos para mostrar que con los números no se pelea y que allí radica la importancia del voto útil. Más allá de todos esos análisis —algunos reveladores y otros más obvios— hay un tema que no podemos pasar por alto, y es el elefante en la habitación. Y ese elefante, que muchos no ven —ya sea por incapacidad o por desprecio— es que la izquierda colectivista nos va ganando la batalla. Y no es sólo en las elecciones donde vienen demostrando poderío. Ellos van ganando donde más importa: en las mentes y en los corazones de cada vez más personas.
Y van ganando porque entendieron algo fundamental. La batalla cultural no se gana en el campo de las ideas, se gana en la aplicación disciplinada de un proceso. Mientras tanto, de este lado, seguimos intentando, con una mezcla extraña de ingenuidad y arrogancia, llevar la gesta al terreno de las discusiones, la evidencia y la lógica. Y eso funciona, pero solo parcialmente. El problema no es que no tengamos argumentos, es que estamos jugando un juego distinto.
Aprovechando esta época de campaña donde las ideas se simplifican, las emociones se intensifican y los discursos se vuelven más directos, trataremos de entender ese proceso colectivista. Y veremos que, afortunadamente, no todo está perdido.
El método Bezmenov- La manipulación en cuatro (4) etapas
Yuri Bezmenov no era un teórico, ni un académico, era un operador. Trabajó para la agencia de prensa soviética Novosti Press Agency, que en la práctica funcionaba como un brazo de propaganda de la KGB*. Su rol no era espiar secretos militares, sino algo mucho más sofisticado: influir en periodistas, intelectuales y líderes de opinión en otros países. Es decir, su trabajo era moldear percepciones. En los años 70, mientras estaba asignado en India, decidió desertar, y ya desde la libertad que le dio Occidente se dedicó a dar conferencias y a escribir. Pero fue su entrevista de 1984 con el periodista estadounidense G. Edward Griffin donde dio una explicación pausada, casi pedagógica, del concepto de “subversión ideológica”. Esa subversión es el proceso de cambiar cómo una sociedad percibe la realidad, hasta que termina actuando en contra de sus propios intereses sin darse cuenta. Es el mapa y el manual de instrucción de manipulación de la máquina colectivista.
(*): Vale aclarar que su rol en la KGB es cuestionado. Era principalmente un periodista de Novosti que hacía trabajo de propaganda, no un oficial de inteligencia de carrera. Pero el marco conceptual que describe es útil para entender dinámicas reales.
Los invito a ver esa entrevista, nos muestra su manual para conquistar el sistema operativo mental de la gente. Bezmenov lo dice claramente allí: el objetivo es “cambiar la percepción de la realidad”. Y para ello tenían una fórmula de cuatro etapas, que toma más de 20 años para su aplicación. No es magia, es método.
Veremos en este texto el manual en sus cuatro etapas y posteriormente aterrizaremos ese manual a la realidad colombiana donde se viene aplicando al pie de la letra.
1) Etapa 1: Desmoralización (15–20 años)
El objetivo no es que la gente crea mentiras, es que no puedan reconocer la verdad. Esta parte es quirúrgica y es la más lenta de todo el manual. Se hace con ayuda de las élites artísticas e intelectuales, y se aplica en universidades, medios, cultura y burocracia, que sirven de tuberías de reproducción de ideas. Bezmenov explica que ello se toma el tiempo mínimo para “educar una generación”. ¿Por qué? Porque cuando una generación sale “programada”, ya no discute hechos, discute marcos mentales. Deja a la gente lista para tragarse contradicciones.
Señales típicas:
Se sustituye “verdad” por “narrativa”.
El mérito se vuelve sospechoso.
La libertad se redefine como “privilegio”.
El enemigo no es el Estado, es “la realidad”.
Y Bezmenov lo dice sin sonrojarse: las élites intelectuales y artísticas son idiotas útiles, especialmente en esta etapa. Promueven el cambio, pero serán los primeros en ser eliminados cuando ese cambio se consolide. Lo irónico es que esas élites piensan que son vanguardia moral o intelectual, pero en la realidad están amplificando un guion que no controlan.
2) Etapa 2: Desestabilización (2–5 años)
Aquí ya no se trata de cambiar lo que la gente piensa, sino de alterar cómo funciona el país o la sociedad en la práctica. No es tumbar el sistema, es volverlo inconsistente. Para ello se juega con reglas que cambian constantemente, señales económicas contradictorias, instituciones que pierden credibilidad y decisiones políticas impredecibles. En esa realidad, el ciudadano deja de entender el juego.
Bezmenov hablaba de tres frentes clave:
Economía: incertidumbre regulatoria, políticas fiscales erráticas, castigo a la inversión y al emprendimiento. Resultado: nadie sabe si invertir, ahorrar o esperar.
Instituciones: justicia percibida como parcial, choques entre poderes y uso político de organismos técnicos. Resultado: las reglas dejan de ser confiables.
Seguridad y orden: señales ambiguas frente al crimen, pérdida de autoridad, sensación de descontrol. Resultado: la gente empieza a sentirse vulnerable.
En el fondo lo que se buscan no es el caos, se busca una fatiga colectiva. Con eso la gente deja de planear a largo plazo, se vuelve más emocional en sus decisiones y empieza a aceptar soluciones rápidas. Esto abre la puerta a cambios más profundos. O dicho de forma clara, una sociedad estable piensa mientras que una sociedad inestable reacciona. Y la desestabilización no busca destruir el sistema, busca que la gente deje de confiar en él.
3) Etapa 3: Crisis (hasta 6 semanas)
La crisis no es accidente, es la excusa. Bezmenov afirma que una nación puede llevarse “al borde” en semanas. Cuando la casa está desmoralizada y desestabilizada, una chispa sirve. Y con la crisis, la gente pide orden, el miedo vuelve “razonable” lo impensable y el poder entra como “solución”.
La trampa psicológica es perfecta. Primero nos quitan brújula, luego apagan la luz y después nos venden el mapa. La etapa 3 no es para llegar al poder, es para expandirlo y consolidarlo.
4) Etapa 4: Normalización (indefinida)
“Normalizar” es el eufemismo soviético para decir que ya se acabó la discusión. Es el momento en que medidas extraordinarias se vuelven permanentes, ideas antes radicales se perciben como sentido común, la dependencia se institucionaliza y el nuevo orden deja de ser cuestionado. Lo que antes generaba rechazo, ahora no incomoda.
La aplicación del método
Es importante anotar que el método que describió Bezmenov no estaba diseñado para la Unión Soviética. Esa nación no necesitó aplicar ese método hacia adentro para consolidar poder, pues ya era un sistema cerrado, sin oposición real, sin prensa libre y sin contrapesos. Es decir, arrancó directamente en “etapa 4”. El modelo descrito por Bezmenov estaba diseñado para Occidente, para sociedades abiertas donde hay libertad de expresión, hay democracia, hay instituciones independientes y hay opinión pública. Es en ese contexto donde no puede imponer, hay que transformar gradualmente.
A pesar de lo sofisticado y maquiavélico del método, hay buenas noticias. Ese método, completo, no se ha aplicado con éxito en ninguna parte. Intentos sí ha habido, sobre todo relacionados con la etapa 1, aquella que requiere del concurso cultural e intelectual de las élites. En Europa y Estados Unidos, vimos en los años 60 y 70 la infiltración cultural y académica, movimientos amplificados en narrativa geopolítica y la polarización social. De esas expresiones de la primera etapa del método, fue especialmente visible el movimiento antiguerra de Vietnam de la época. Y de eso incluso hay manifestaciones actuales, con una mezcla insólita de protección a minorías sexuales y simultáneamente la defensa de regímenes autoritarios en el Medio Oriente que precisamente detestan (y aniquilan) a esas minorías. Pero en este método, la contradicción no importa.
La etapa 1 es la más ruidosa, precisamente porque las élites artísticas e intelectuales actúan como megáfonos de todas esas corrientes. Y hay que reconocer que esas élites están totalmente cooptadas por las voces colectivistas de izquierda. Ya le dedicamos una pieza completa a ese tema en “Sin pedir permiso para ser odiado”, donde mostramos las razones por las cuales la élite intelectual odia al mercado, en una mezcla tóxica de soberbia, ignorancia y resentimiento.
Al método descrito por Bezmenov le cuesta mucho pasar de esa primera etapa porque el ruido no necesariamente se traduce en poder real. Pueden dominar universidades, medios, cine y redes, y aún así no controlar instituciones, presupuesto ni coerción. La desmoralización es efectiva para moldear percepciones, pero insuficiente para gobernar. El salto hacia las siguientes etapas exige algo que no se logra con narrativa, es la capacidad de ejecución política y control institucional.
Bezmenov en Colombia
Intentando aterrizar el método descrito por Bezmenov a Colombia, nos encontramos fuertes elementos de la etapa 1. Y, adicionalmente, el Gobierno Petro ha sido básicamente la copia perfecta de la etapa 2 con algunos intentos, fallidos, de imponer la etapa 3. Vamos por partes:
Etapa 1: Desmoralización (2018–2022)
El punto de quiebre no fue una elección, fue la calle. Desde la elección de Duque en 2018, el Petrismo hábilmente implantó varios elementos de esta etapa:
Deslegitimación sistemática de instituciones (Policía, Ejército, Congreso).
La narrativa permanente de “Estado opresor” vs “pueblo víctima”.
Amplificación emocional en redes, medios y cultura
Reescritura simbólica: héroes, villanos, lenguaje
A eso se sumaron otros elementos igual de potentes:
La resignificación del “estallido social” como una expresión legítima y casi épica, minimizando o justificando episodios de violencia.
La narrativa del “joven sin oportunidades” como sujeto político central, independientemente de la complejidad real del fenómeno.
El posicionamiento de la “primera línea” como símbolo de resistencia, elevando actores informales a categoría de héroes culturales.
La instalación del concepto de “cambio” como valor moral absoluto, donde oponerse no era una diferencia política, sino casi una falta ética.
La constante idea de que Colombia vivía en una especie de “dictadura encubierta”, pese a elecciones libres, alternancia y división de poderes.
Y todo ello simbolizado de manera potente en voces de artistas locales con frases memorables como “nos están matando”. No se trataba de ganar un debate. Se trataba de cambiar el marco mental desde el cual la gente interpreta la realidad. Y eso sí lo lograron.
Sin embargo, no todo es triunfo, pues esta etapa requiere 15 a 20 años de implementación, y apenas van en la mitad del trayecto. Es por ello que, a pesar de sus innegables avances, han logrado convencer a la fecha “sólo” a uno de cada tres colombianos que votan. Les faltan los otros dos. A uno le es indiferente el tema y el otro se defiende a medias. La fórmula que están aplicando parece estancada en ese primer tercio, pero la realidad es que a esas galletas les falta tiempo en el horno.
Etapa 2: Desestabilización (2022–presente)
Con la llegada al poder del Pacto Histórico y el gobierno de Gustavo Petro, el terreno deja de ser simbólico y pasa a ser estructural. Aquí ya no hablamos de cultura, hablamos de poder. Algunos rasgos típicos de esta fase son:
Intentos de reformar simultáneamente múltiples sistemas (salud, laboral, pensional).
Presión constante sobre instituciones independientes.
Amenaza de constituyente como herramienta de desestabilización institucional.
Uso intensivo de narrativa de crisis.
Polarización como herramienta, no como accidente.
Se instauró una fatiga colectiva en forma de incertidumbre prolongada. Un país donde nadie sabe bien cuáles serán las reglas del mañana. El gobierno Petro ha sido la copia exacta del manual en su etapa 2. Hasta el momento ha sido exitoso, y la prueba ácida es que su candidato es líder indiscutible en todas las encuestas y sondeos, con probabilidades reales de repetir gobierno.
Etapa 3: Crisis administrada
En Colombia no es inminente una crisis tipo colapso total. Pero hay elementos que empiezan a asomarse, muchos de ellos empujados desde la diatriba y la acción oficial. Pero esto no es aún una “crisis Bezmenov completa” que es el ingrediente fundamental de esta etapa 3. Pero sí son puntos de presión. Pequeñas grietas que, si se amplifican, pueden acelerar el paso a algo más profundo. Y recordemos que sin etapa 3, no hay etapa 4.
Y aquí aparece la primera gran debilidad estructural del Petrismo. Parece haberse quedado en el éxito de las dos primeras etapas. En particular, a Gustavo Petro le empieza a pasar algo parecido al pastorcito mentiroso que de tanto anunciar crisis, ninguna termina siéndolo en la realidad. Hay, en el fondo, una dificultad para fabricar una crisis real que permita justificar un quiebre mayor. Y eso que lo han intentado, en distintos tonos y escenarios, y aquí cito sólo algunos ejemplos:
La presión retórica y política sobre las Cortes, insinuando bloqueos institucionales y crisis de legitimidad.
El discurso recurrente de “golpe blando” o conspiración permanente cada vez que una reforma clave se frena en el Congreso.
Episodios de fricción diplomática innecesaria, especialmente con Estados Unidos, elevando el tono más allá de lo estratégico (ejemplo: discurso de Petro en Nueva York)
La constante apelación a la movilización social como mecanismo de presión política, incluso estando en el poder.
Por fortuna, nada de esto ha detonado en una crisis total. Pero, no da para cantar victoria. La gran crisis que no han logrado construir desde adentro, esa que permitiría dar el salto a una fase superior de control, puede venir de afuera. Y ese “afuera” hoy tiene gorra roja, toma Diet Coke y habla en inglés. Un choque externo de alto voltaje, ya sea una escalada diplomática, sanciones, amenazas comerciales, incluso escenarios más extremos como señalamientos judiciales internacionales, podría convertirse en el catalizador perfecto. No porque lo controlen, sino porque lo pueden narrar.
Una crisis externa bien explotada les permitiría reagruparse políticamente bajo la lógica de “defensa nacional” y sobre todo justificar medidas extraordinarias que sería la entrada a la etapa 4. Sin embargo, pareciera que ya nada nos sorprende, y es esa desidia colectiva la que irónicamente nos puede terminar salvando.
La batalla cultural por la libertad
Aquí hay que ser precisos. De este lado nuestro, los que decimos que defendemos la libertad y la agencia del individuo, no podemos caer en la tentación de “hacer lo mismo, pero al revés”. La defensa de la libertad pelea por limitar el poder, por proteger el disenso, por la competencia de ideas y por la pluralidad de proyectos de vida. La libertad necesita que nadie pueda obligarnos a pensar igual.
Y aunque no necesitamos de un manual, el relato de Bezmenov sí nos deja enseñanzas:
La cultura no es decoración: es infraestructura.
La batalla cultural opera mediante procesos.
Las élites no son neutrales, son multiplicadores.
La percepción importa más que la realidad.
Sabemos que la defensa de la libertad es aburrida, por diseño. No promete paraísos, promete límites, fricción, responsabilidad y consecuencias. Y eso no vende tan fácil como la utopía. Por eso, la única forma de ganar esta batalla no es gritando más duro ni imponiendo relatos alternativos, sino haciendo que la realidad hable por sí sola.
Cuando la gente progresa, cuando ve que su esfuerzo rinde, cuando puede elegir, emprender y construir sin permiso, la narrativa colectivista se vuelve innecesaria. Porque al final, la batalla cultural no se gana en redes, ni en tarimas, ni en consignas. Se gana cuando millones de personas dejan de necesitar que alguien más les prometa el futuro porque ya lo están construyendo por sí mismas.

Muchas gracias Nicolas, continuamos en el frente de Batalla, este articulo sirve que muchos salgan de sus trincheras
Lo único bueno de Petro es que nos obligó a entender desde las bases en que “mierdero” nos quiere meter. Gracias x compartir esta información !