Sin pedir permiso para ser odiado
Intelectuales, poder y el zoológico estatista
Me topé en días recientes con una frase de Elon Musk en X que decía “It´s basically illegal to be a republican at Harvard”. Dicha frase fue en respuesta a un comentario de Chamath Palihapitiya, emprendedor y fundador de Social Capital, que publicaba un estudio donde se mostraba que los profesores en las universidades más prestigiosas de Estados Unidos son en su inmensa mayoría demócratas registrados. El estudio mostraba, por ejemplo, que los profesores republicanos son el 1% en Harvard, el 2% en Princeton y a lo máximo que llegan son el 11% en UCLA. Más allá de lo anecdótico, el tema me obligó a indagar las razones por las cuales las élites intelectuales son mayoritariamente de izquierda y demuestran un profundo desprecio por el capitalismo y el éxito económico. Afortunadamente resulta que este tema está muy bien documentado y ello me da pie para estructurar esta pieza y proponer un ejercicio final pedagójico que espero sea bien ilustrativo.
Todos sentimos que la gran mayoría de artistas, escritores, profesores, actores y columnistas atacan permanentemente el capitalismo. De hecho, es raro encontrar a uno de ellos con ideas de pro-mercado. Tal vez la excepción sea Vargas Llosa, y algún otro disidente que suele pagar el costo social de salirse del libreto, lo cual, como dicta la lógica, no debilita la regla, sino que la confirma.
El rechazo al capitalismo surge principalmente de una incomodidad existencial de ciertos grupos frente a un sistema que funciona sin pedirles permiso, sin consultarles la moral y sin reconocerles autoridad alguna. El mercado no obedece jerarquías intelectuales, sino preferencias reales. Y ese rasgo, precisamente ese, es el que vuelve el mercado algo insoportable para buena parte de las élites culturales y académicas.
Capítulo 1: Los orígenes del desprecio
El desprecio por el productor ya estaba presente en Grecia y Roma, las mismas civilizaciones que hoy se citan como cuna de Occidente. En la Grecia clásica, el comercio y el trabajo manual eran vistos como actividades menores. Para Aristóteles, el ciudadano virtuoso debía estar liberado de la necesidad de ganarse la vida porque sólo así podía dedicarse a la política, la filosofía y la contemplación. El artesano, el mercader, el que trabajaba para otros, no era plenamente libre pues dependía del mercado y del intercambio. Y depender era indigno.
Roma heredó y profundizó ese prejuicio. La élite romana exaltaba la propiedad de la tierra y el ocio aristocrático, mientras miraba con desdén al comerciante. El comercio era tolerado, pero no honrado. Era necesario, pero moralmente inferior. La virtud estaba en mandar y no en producir.
El patrón es claro y se repite en sociedades posteriores. La élite intelectual y política desconfía de todo aquel que crea riqueza por fuera de su control, del que asciende sin pedirle permiso, y del que demuestra, con hechos, que el orden social puede coordinarse sin una mente rectora.
Capítulo 2: La ilustración y la élite del desprecio por el exitoso
En la época de la Ilustración, se exaltó la razón, la ciencia y la educación como antídotos contra la superstición y la tiranía. Fue una época de avances decisivos como la máquina de vapor, la revolución industrial y la consolidación de la ciencia moderna.
Pero mientras el intelectual ilustrado se veía a sí mismo como arquitecto de la sociedad, el burgués emergente demostraba algo imperdonable: que el orden social podía transformarse sin filósofos dirigiendo el proceso. El mercado hacía, en silencio, lo que los tratados apenas imaginaban. Para muchos ilustrados, Rousseau incluido, el comercio corrompía, la pobreza era noble y la riqueza sospechosa. En últimas, la intención importaba más que el resultado.
Ahí quedó fijada la paradoja que persiste hasta hoy. Quien produce es moralmente inferior a quien opina sobre cómo debería producirse. Con los siglos, el burgués dejó de ser artesano y pasó a ser empresario, pero el resentimiento permaneció intacto.
Capítulo 3: Bertrand de Jouvenel y el viejo rencor ilustrado
Esta tensión entre los intelectuales y el mercado se ha exacerbado con el posmodernismo que se consolida después de mediados del siglo XX. Donde antes el intelectual ilustrado aspiraba a dirigir la razón, el intelectual posmoderno se arrogó el derecho de reinterpretar la realidad. Y mientras tanto, el mercado, por su propia naturaleza, es profundamente incómodo para esta visión. El mercado no valida identidades, no pondera intenciones morales ni se somete a marcos discursivos.
Es en este contexto donde la obra de Bertrand de Jouvenel toma mucha relevancia. En su ensayo de 1954, “Los intelectuales europeos y el capitalismo”, publicado en “Capitalism and the Historians” bajo la edición de Friedrich Hayek, Jouvenel ya había identificado el problema de fondo: el mercado no humilla por cruel, sino por indiferente, y el intelectual nunca perdona esa indiferencia. Su tesis central es simple y brutal, que el capitalismo funciona sin pedir permiso, y eso es intolerable para quien vive de darlo.
Jouvenel identifica varias razones estructurales detrás de ese odio persistente:
El mercado no necesita legitimación moral: En el capitalismo nadie te pregunta si tu proyecto es “socialmente deseable”. Si hay demanda, funciona. Si no, muere. Para el intelectual, formado para evaluar, juzgar y corregir, esto es una humillación ontológica.
El éxito no lo asigna el mérito intelectual: El mercado premia utilidad, no brillantez retórica. Puedes ser mediocre y rico, o brillante y pobre. Para quien construyó su identidad alrededor de su “superioridad intelectual”, eso es insoportable.
El capitalismo reduce su poder simbólico: En sociedades de mercado, el intelectual deja de ser oráculo y se convierte en opinador.
El Estado aparece como revancha: Incapaz de dominar el mercado, el intelectual busca capturarlo por la vía política. El Estado se convierte en el atajo: planifica, redistribuye, corrige, y, de paso, devuelve centralidad al que nunca la tuvo en el mercado.
En resumen, el intelectual no odia al capitalismo por injusto, sino por indiferente.
Capítulo 4: Huerta de Soto: la versión destilada y sin anestesia
Jesús Huerta de Soto hace algo magistral en un video ya famoso. Toma todo ese edificio argumental de Jouvenel y lo reduce a tres palabras. Según Huerta de Soto, los intelectuales odian al capitalismo por:
Soberbia: Creen saber más que el orden espontáneo. No aceptan que millones de decisiones descentralizadas coordinen mejor que su modelo mental. Si el mundo no funciona como su cabeza, el mundo está mal. El intelectual no tolera que la realidad funcione mejor sin su dirección consciente.
Ignorancia: Desconocen, o fingen desconocer, cómo emergen los precios, el capital, la coordinación, el ahorro y el tiempo. Confunden deseos con mecanismos y moralizan donde deberían estudiar. Esa ignorancia no es siempre inocente, muchas veces es funcional, porque entender el mercado implicaría renunciar a la pretensión de control.
Resentimiento: No soportan que otros prosperen sin pasar por su filtro. El éxito ajeno se vive como una injusticia personal. El empresario no es productivo, es sospechoso y el rico es culpable antes de ser eficiente. Este resentimiento transforma diferencias de resultados en agravios morales.
Huerta de Soto no suaviza nada, y lo dice sin eufemismos. Aquí no hay errores bienintencionados, aquí hay vicios intelectuales.
Capítulo 5: El zoológico del estatismo
Pretendiendo dar un aporte más visual y práctico, se me ocurre entonces hacer un ejercicio con las tres palabras que Huerta de Soto utilizó para explicar el odio de la casta intelectual. Con esas tres palabras construyo un diagrama de Venn, y de las cuatro intersecciones del diagrama bautizo cuatro arquetipos sociales muy reconocibles a los que pretendo darles un perfil psicológico completo, una caracterización animal y un vínculo a personajes típicos.
Abajo el zoológico estatista:
Arquetipo 1: El ingeniero social, el cruce entre soberbia e ignorancia
Descripción: Este personaje sabe exactamente cómo debería funcionar la sociedad, aunque no entiende bien cómo lo hace. Diseña políticas públicas desde Excel, asumiendo que la vida real se ajusta a lo que dicen sus celdas. Cuando fracasan, nunca es culpa del modelo, es culpa de la gente. En su hábitat, este arquetipo se identifica fácilmente con frases como:
“Si todos hicieran su parte, esto funcionaría.”
“Esto requiere una planificación más integral.”
“La idea es buena, pero la implementaron mal.”
Perfil psicológico: El ingeniero social tiende a ser una persona intelectualmente solitaria, más cómoda con modelos que con personas reales. La complejidad humana le resulta desordenada y el comportamiento espontáneo muy irritante. Psicológicamente, experimenta ansiedad frente a la incertidumbre y busca alivio siempre en el control. No tolera bien el error propio, por lo que siempre culpa y no soluciona. Necesita creer que el problema nunca es su diseño, sino del mundo que no estuvo a la altura de su inteligencia.
En el reino animal: Este arquetipo se parece mucho a la jirafa, porque mira a todo el mundo por encima del hombro y no se da cuenta del pantanero en el que están sus patas.
Personaje típico: Normalmente viene en forma de profesor universitario lleno de títulos, planificador urbano, tecnócrata de ministerio u organismo multilateral, consultor estatal experto en “modelos”, entre otros. Siempre llenos de títulos, teorías y credenciales, pero bien lejos de las consecuencias.
Arquetipo 2: El activista moral, el cruce entre ignorancia y resentimiento
Descripción: Este personaje no entiende la economía, pero sí entiende a quién culpar. Todo resultado desigual es explotación, todo éxito es privilegio. No propone cómo crear riqueza, sólo cómo repartir la que otros hicieron. Son fácilmente reconocibles pues a menudo se expresan de la siguiente forma:
“Nadie necesita tanto.”
“La riqueza de unos es la pobreza de otros.”
“El sistema está diseñado para oprimir.”
Perfil psicológico: El activista moral suele ser una persona altamente emocional, con una fuerte necesidad de pertenencia y validación social. Su identidad se construye más alrededor de causas que de logros, y encuentra en el señalamiento moral una forma rápida de obtener estatus sin pasar por el proceso lento y riesgoso de producir valor. Psicológicamente, canaliza frustraciones personales hacia agravios colectivos. Para esta persona, la desigualdad no es un problema económico a entender, sino una herida moral que le permite dividir el mundo entre víctimas y culpables.
En el reino animal: Este arquetipo se parece mucho a la cabra, embiste sin saber por qué. Y, si choca con la realidad, embiste otra vez.
Personaje típico: Normalmente aparece como académico de ciencias sociales, gestor de ONG, activista profesional, influencer de causas o estudiante perpetuo. Abunda en organizaciones “sin ánimo de lucro”, colectivos identitarios y espacios de militancia moral. Su verbo preferido es denunciar, y vive en el mundo de los derechos y desconoce la existencia del mundo de los deberes.
Arquetipo 3: El intelectual orgánico, el cruce entre soberbia y resentimiento
Descripción: Este personaje es el más dañino, se cree superior y está furioso de no mandar. Desprecia al mercado porque no lo reconoce como él se reconoce a sí mismo. Necesita del Estado no para ayudar a otros, sino para recuperar estatus (o simplemente para vivir de él). Se les rastrea fácilmente pues dicen cosas como:
“El mercado no puede decidirlo todo.”
“Eso no puede quedar en manos del ciudadano promedio.”
“La sociedad necesita (mi) orientación.”
Perfil psicológico: El intelectual orgánico es, ante todo, una persona obsesionada con el reconocimiento. No busca tanto que el mundo funcione mejor, sino que funcione según su marco interpretativo. Vive una tensión permanente entre la convicción de su superioridad intelectual y la frustración de no ocupar posiciones reales de poder. El mercado le resulta ofensivo porque no lo consulta ni lo recompensa por “tener razón”. Por eso necesita al Estado, no como herramienta técnica, sino como escenario donde su capital simbólico pueda convertirse en influencia real. Al igual que el activista moral, muchas veces necesita del Estado para generar ingresos, pero eso lo oculta hábilmente bajo el mantra que está sirviendo a la comunidad.
En el reino animal: Este arquetipo se parece mucho a la hiena, animal resentido porque no caza y al mismo tiempo soberbio porque se ríe del león y cree que su cobardía es “inteligencia”.
Personaje típico: Normalmente se manifiesta como columnista habitual, académico mediático, asesor ideológico de partidos o comentarista recurrente en seminarios y foros, escritor o pensador de élite, o periodista con programa de opinión. Vive del capital simbólico que le otorgan los medios y la política, y necesita del Estado como amplificador de su relevancia intelectual y social ( y como vimos, a veces cobra cheques del Estado).
Animal completo: El comisario moral, el cruce total entre ignorancia, soberbia y resentimiento
Descripción: Acá tenemos la bestia completa, el minotauro de tres cabezas. Cree saberlo todo, no entiende nada, y odia a quienes prosperan sin pedirle permiso. No debate, cancela. No convence, regula. No produce, administra. El comisario es el más duro de todos y el que más vocifera, se caracteriza por frases como:
“Por tu propio bien, esto queda prohibido.”
“No todo puede dejarse a la libertad individual.”
“La evidencia científica ya resolvió este debate.”
Perfil psicológico: El comisario moral es la síntesis psicológica del estatismo. Tiende a ser una persona rígida, con baja tolerancia a la disidencia y una profunda necesidad de certeza moral. Dice respetar la diversidad, pero en la realidad sólo respeta a los que piensan como él. Psicológicamente, reemplaza la duda por la prohibición. No dialoga porque el diálogo implica riesgo y no convence porque convencer requiere humildad. Necesita reglas, sanciones y censura porque eso le da la sensación de autoridad.
En el reino animal: El comisario moral, a diferencia de los otros arquetipos, no se parece a ningún animal. Y no es una casualidad. En el reino animal no existe una criatura que combine simultáneamente ignorancia, soberbia y resentimiento. La naturaleza es brutal, pero es honesta. El comisario moral es un producto exclusivamente humano.
Nota: En la versión colombiana, alguien diría que el comisario moral se parece al Jaguar de Zipaquirá. No al jaguar real, ese que caza, compite y sobrevive, sino a su versión de atril. Un jaguar caudillista que no produce nada, lo critica todo y ruge desde el podio como si fuera dueño de la selva. No se impone por su ejemplo ni por mérito, sino por decreto.
Personaje típico: Normalmente viene en forma de líder caudillista popular, el burócrata regulador, el funcionario de superintendencia que lo prohíbe o lo regula todo, el funcionario con poder sancionatorio, decano o rector universitario. El personaje confunde siempre autoridad moral con derecho a mandar.
El edén: El orden espontáneo donde habita el ciudadano común
Descripción: Por fuera de esos tres círculos y sus intersecciones está el edén, y allí habita un personaje casi invisible para el discurso intelectual. Ese personaje es el ciudadano común. Ese espacio del Edén es más amplio y sin límites claramente definidos, y representa a quienes no entran en ninguno de los tres vicios:
no creen saber más que la sociedad,
no ignoran cómo funcionan los procesos,
no resienten el éxito ajeno.
Perfil psicológico: Este ciudadano común no escribe manifiestos ni diseña planes quinquenales. Coopera, intercambia, prueba, se equivoca y corrige. No pretende redimir al mundo ni dirigirlo, simplemente vive en él, asumiendo costos, aprendiendo de señales y respetando reglas que no diseñó, pero que funcionan. Ese espacio no es un vacío teórico, sino el lugar donde ocurre casi todo lo que importa. Es el ámbito del orden espontáneo, de la coordinación social que emerge sin tutela, sin comités y sin permiso. Justamente por eso, es el espacio más ignorado, más subestimado y atacado por quienes necesitan sentirse indispensables.
En el reino animal: Esta persona común no se parece a ningún animal, pero para hablar de animales digamos que si tuviera una mascota seguramente sería una gallina. En su pragmatismo, o le sirve para jugar con ella, o le sirve como almuerzo.
Personaje típico: Este ciudadano común se representa en forma de estudiante que quiere salir adelante, pequeño empresario, profesor de escuela, enfermero, piloto, comerciante, tendero o emprendedor, trabajador calificado que entiende que su ingreso depende de aportar valor, profesional independiente que vive de servir clientes, obrero que simplemente trabaja para alimentar a su familia, madre cabeza de hogar que cuida de todos. Son tantas las formas del ciudadano común, que necesitaríamos mucho espacio en este texto para citarlos a todos. El rasgo común es muy simple, son personas que viven de decisiones reales y aprenden de sus consecuencias.
Hasta aquí queda descrito el zoológico. Ahora la pregunta incómoda no es teórica, es personal: ¿dónde te ubicas?
Cierre
El capitalismo es odiado, sencillamente, por no pedir permiso. Por su irreverencia, por su forma de asignar resultados de manera espontánea, sin pasar por el tamiz moral de nadie y sin someterse al juicio de quienes se autoproclaman árbitros del mérito ajeno.
Cada vez que alguien pida más Estado en nombre de la justicia, la igualdad o el bien común, conviene hacer el ejercicio mental: ¿habla el ingeniero social, el activista moral, el intelectual orgánico o el comisario moral? ¿Desde qué intersección del zoológico se expresa? Casi nunca falla. Porque detrás del discurso elevado, casi siempre hay una vieja mezcla de soberbia, ignorancia y resentimiento. Y cuando eso ocurre, el ciudadano común paga la cuenta.

Definitivamente, es un crack!!! Aterrizando las cosas para cualquier cristiano.
Nicolas, gracias a dios que la mayoría estamos en el Edén. Un abrazo