Pensando en serio
Cuando la glucosa es más costosa que el dinero
La pereza es una característica fundamental (más no un error) del cerebro, le sirve para sobrevivir pues le minimiza el gasto energético que requiere pensar en serio. El cerebro es un órgano que representa el 2% del peso del cuerpo, pero que consume entre el 20% y 25% de la energía en reposo. Con ello, el cerebro solito necesita unas 250-300 kilocalorías al día para sostener la actividad basal que es lo mínimo requerido para mantenerse vivo (respirar, mantener temperatura, reparación celular y redes neuronales en modo “piloto automático”, entre otras). Es decir, ya de entrada es un órgano muy costoso en términos energéticos, y al exigirle pensar en serio ese consumo extra puede aumentar el gasto energético entre un 5% y 10% sobre ese nivel mínimo vital. Pensar en serio significa, entre otras cosas, resolver problemas, cuestionar supuestos, luchar contra paradigmas y aplicar primeros principios, pensamiento de primer y segundo orden. En términos absolutos pensar en serio no representa una demanda calórica significativa (el sudoku no es spinning), pero por ser ya un órgano caro cualquier esfuerzo adicional parece gigantesco y las reservas locales de glucosa y oxígeno se agotan rápido, y por eso el cerebro prefiere ahorrar con atajos para no entrar en cansancio mental.
Y es que los atajos son diseños evolutivos y adaptativos muy eficientes. Y hay muchísimos, entre ellos el famoso sesgo de disponibilidad, el de confirmación, los sesgos en forma de supuestos que sostienen el statu quo, las analogías, la aversión a la pérdida, entre muchísimos otros. Se estima que hay más de 180 sesgos y atajos mentales, pero se pueden clasificar en tres grandes grupos: los de energía (pereza), los de las emociones (miedo/deseo) y los sociales (pertenencia). Y escritores como Daniel Kahneman y Dan Ariely han documentado estos sesgos mentales de forma magistral.
Los supuestos que sostienen el statu quo son muy comunes, y aparecen en frases que todos aplicamos cotidianamente como, “mejor malo conocido que bueno por conocer”, “siempre se ha hecho así”, “si funciona, no lo arregles.” También hay supuestos revestidos de autoridad como lo que dicen los “expertos” o el consenso grupal. También los hay revestidos de institucionalidad, donde la legislación y las regulaciones sirven de escape al pensamiento. Eso sí, en muchas ocasiones estos supuestos son muy útiles, no sólo por su ahorro energético sino porque aplicados a una situación en particular generan una solución razonablemente suficiente o valiosa. Sin embargo, la gimnasia mental de luchar contra los sesgos y supuestos será siempre sana, pero sobre todo valiosa para validar o contradecir lo establecido y avanzar hacia nuevas ideas y soluciones. De estos supuestos, me referiré a uno muy en particular que es más elegante porque viene con una máscara técnica y con una lógica que parece indiscutible, y por tanto difícil de identificar como un sesgo. Técnicamente se le conoce como el Triángulo Dorado (del inglés Golden Triangle).
El Triángulo Dorado: la ley no escrita de la escasez
En casi todos los oficios, industrias y salones de clase se repite un mismo dogma: “no se puede tener todo.” Ese dogma toma forma en lo que se conoce como el Triángulo Dorado.
En diseño y manufactura, lo oímos como: “Bueno, bonito y barato”
En gestión de proyectos, la versión es: “Rápido, barato y de calidad”
En inversiones, se transforma en: “Rentabilidad, liquidez y bajo riesgo”
En salud: “Acceso universal, bajo costo, atención personalizada”
En tecnología: “Seguridad, facilidad de uso, rapidez”
La lógica siempre es la misma: tres vértices deseables, pero sólo dos alcanzables. El tercero debe sacrificarse. Por eso el Triángulo Dorado se convirtió en un precepto del statu quo, un recordatorio de que hay límites “naturales” que no conviene desafiar. Y como al cerebro le encantan los atajos simples, terminamos aceptando el triángulo como una ley física.
Aquí es donde entra la potencia de los primeros principios, que significa desarmar un problema hasta sus fundamentos más básicos, aquellos que no se pueden reducir más, y reconstruir desde ahí. Cuando dejamos de repetir “así es” y nos preguntamos “¿por qué tiene que ser así?”, descubrimos que el triángulo no es una ley de la naturaleza, sino una construcción mental. Y como toda construcción, puede rediseñarse.
Voy con un ejemplo real aplicado. En el mundo del caucho y de las llantas, la industria vivió atrapada en un trade-off considerado ley natural, se llamó el triángulo mágico de las llantas.
Baja resistencia al rodaje: más eficiencia en combustible.
Alto agarre en mojado: más seguridad.
Durabilidad: más vida útil, menor costo por kilómetro.
El consenso de ingenieros y fabricantes era que sólo se podían optimizar si acaso dos vértices, nunca los tres al tiempo. Si hacíamos un neumático con gran agarre, sacrificábamos eficiencia de combustible. Si buscábamos durabilidad de la llanta, el agarre en mojado era pobre. Si bajábamos la resistencia al rodaje, la llanta se degradaba más rápido.
En los años 90, aplicando pensamiento de primeros principios, los químicos e ingenieros de Michelin, con apoyo de proveedores químicos como Degussa (hoy Evonik), se hicieron las preguntas difíciles: ¿El trade-off está en la naturaleza del caucho, o en la forma en que hemos formulado el compuesto? ¿Qué ocurre a nivel molecular en la interacción entre caucho, cargas de refuerzo y superficie de la carretera?
En vez de repetir que sólo se pueden mejorar una o máximo dos variables a expensas de la tercera, desarmaron el problema hasta lo elemental: interacciones químicas entre polímeros, las cargas minerales en el compuesto y el contacto con la superficie de rodadura. Fue allí donde entró en juego la química aplicada, con la introducción de la sílica combinada con silanos en el caucho.
El caucho tradicional reforzado con negro de humo aportaba gran resistencia mecánica, pero a costa de una alta histéresis, es decir, calor generado al rodar. Ese calor aceleraba el desgaste y aumentaba el consumo de combustible. La sílica, por su parte, ofrecía una gran ventaja, mejoraba el agarre en mojado gracias a su interacción con la superficie. Adicionalmente la sílica, al igual que el negro de humo, funcionaba bien como carga de refuerzo, no sólo mejoraba el agarre en mojado, también incrementaba la dureza y la resistencia al desgaste. El problema era que la sílica no se integraba bien en la matriz de caucho y quedaba mal dispersa. La solución llegó con los silanos, moléculas bifuncionales capaces de actuar como puentes químicos, enlazando por un lado las partículas de sílica y por el otro las cadenas poliméricas del caucho. Esto permitió un compuesto donde la sílica se dispersaba de manera uniforme y se anclaba químicamente a la matriz. El resultado fue una combinación antes impensable: mayor agarre en mojado + mayor durabilidad + menor resistencia al rodaje.
Al igual que en las llantas, la aplicación de primeros principios les ha permitido a muchas empresas y negocios derrotar los dogmas establecidos y ofrecer productos innovadores. Los primeros principios son el antídoto a la pereza, no sólo aplicables al pequeñísimo ejemplo del triángulo sino a la gran mayoría de sesgos en general. Vamos con ejemplos:
SpaceX: cohetes reutilizables
Dogma: “Un cohete solo puede usarse una vez, siempre será carísimo.”
Primeros principios:¿Qué se destruye realmente en un lanzamiento? Motores, tanques y electrónica que valen millones. ¿Y si en lugar de desecharlos, se diseñan para aterrizar y usarse de nuevo?
Resultado: El Falcon 9 convirtió a la industria espacial en una línea de reciclaje de alta tecnología, redujo los costos de lanzamiento en más de 60% y dejó en ridículo medio siglo de dogmas aeroespaciales.
Trump: la política como show business
Dogma: “Para llegar a la presidencia necesitas carrera política, disciplina partidista y un discurso respetable.”
Primeros principios: ¿Qué es la política en esencia? Una competencia por la atención, la narrativa y los votos. Nada obliga a que se juegue con solemnidad, lo que importa es quién captura la atención y emociona al votante.
Resultado: Trump demostró que la política nunca fue un templo de ideas, sino un mercado de audiencias. Demolió la liturgia de Washington, dejando claro que muchos políticos no eran estadistas, sino actores de reparto mal entrenados.
Pero vamos también con ejemplos criollos ya que estos principios aplican a todos los contextos, no sólo en los negocios internacionales de alto reconocimiento:
Frisby: el pollo frito colombiano
Dogma: “Un restaurante no puede ser bueno, bonito y barato a la vez.”
Primeros principios: pensar como fábrica, no como cocina artesanal, estandarizar procesos y sobre todo con potente identidad cultural.
Resultado: Comida sin estrato y orgullosamente colombiana.
Nequi: bancarización radical
Dogma: “No hay como bancarizar a todo el mundo.”
Primeros principios: ¿Qué es un banco en esencia? Una billetera segura, un sistema para mover dinero entre personas, un historial de confianza. Nada de eso requiere oficinas físicas ni barreras de entrada.
Resultado: bancarizó a los invisibles y dejó en ridículo al modelo de corbata y ventanilla.
Carlos Vives: Vallenato para todos
Dogma: “El vallenato es música de parranda costeña y siempre va con caja, guacharaca y acordeón.”
Primeros principios: ¿Qué es realmente el vallenato? Una narrativa cantada, que cuenta historias locales y un símbolo cultural colombiano. Siendo eso lo esencial, Carlos Vives lo destiló a sus primeros principios (ritmo, historia, identidad) y lo vistió con ropaje moderno.
Resultado: Globalizó el género.
Los primeros principios nos dan el mapa. Nos permiten segregar el problema a su expresión más fundamental. El reto mental es entender cuando se llegó a esos primeros principios, en que momento podemos decir que aquí está la unidad fundamental. Y no es fácil saberlo, y podemos quedar atrapados en un loop infinito de análisis. La clave está en reconocer las señales de que ya se llegó a ese nivel fundamental y que seguir excavando es improductivo. Esas señales son importantísimas y afortunadamente se dejan ver:
Irreductibilidad: al hacernos la pregunta “¿por qué?”, la respuesta ya no depende de una convención humana sino de una ley natural (física, química, biológica), una definición básica o una realidad empírica incuestionable.
Independencia de contexto: Si la conclusión sigue siendo válida, aunque cambien los escenarios o analogías, probablemente llegamos al piso.
Nivel de energía vs. retorno: Pensar desde primeros principios cuesta energía. Sabemos que llegamos al piso cuando el beneficio marginal de seguir excavando es menor que su costo. Es decir, si cuestionar más ya no abre nuevas posibilidades de acción, paramos allí.
El test del niño de 5 años: Si lo que encontramos puede explicarse con frases tan simples que un niño las entiende, es señal de que ya destilamos la idea al nivel fundamental.
Cuando ya no peleamos contra tradiciones ni narrativas heredadas, sino que la vemos como la realidad desnuda, estamos en primeros principios. A partir de ahí, la tarea no es seguir cavando, sino construir hacia arriba.
Vale la pena aclarar que pensamientos de primeros principios no es lo mismo que pensamiento de primer orden. El pensamiento de primer orden se fundamenta en analizar únicamente las consecuencias inmediatas y directas de una decisión o acción, sin considerar efectos posteriores o en cadena. Tiende a ser deductivo porque parte de reglas o supuestos ya dados y aplica consecuencias lógicas inmediatas. Por ejemplo “Si bajamos el precio vendemos más” es un pensamiento de primer orden y una deducción directa de la ley de oferta y demanda en un producto o servicio con elasticidad en el precio. Por otra parte, el pensamiento de primeros principios se parece más a lo inductivo porque parte de observaciones y hechos básicos, destila lo esencial y desde ahí reconstruye. El pensamiento de primer orden aplica las reglas del juego mientras que el pensamiento de primeros principios se pregunta si las reglas mismas tienen sentido.
La aclaración anterior es necesaria para entrar en la siguiente fase. Ya con el mapa que nos brindan los primeros principios, y con la linterna que nos da el pensamiento de primer orden, sólo nos faltaría la brújula para saber hacia dónde vamos. Esa brújula es el pensamiento de segundo orden, la segunda derivada que señala hacia qué dirección se inclina el futuro. Este tipo de razonamiento es una habilidad cognitiva que va más allá del resultado inmediato de una decisión, analiza las consecuencias de esas consecuencias y el efecto de un efecto. Así permite una visión más profunda del panorama, anticipando escenarios y evitando errores costosos.
Aplicando el pensamiento de segundo orden al ejemplo de Nequi, tendríamos algo como lo siguiente:
Millones de personas ahora tienen historial de transacciones digitales, nacen bases de datos para evaluar crédito. Mejor y más información para Grupo Bancolombia en su negocio fundamental de prestar dinero.
El dinero de millones de personas no-bancarizadas que antes circulaba por pasarelas de pago y efectivo, ahora queda cautivo y circulando en el ecosistema Bancolombia, representando liquidez inmediata muy barata. Junto a otras estrategias de Bancolombia (pagos QR, uso masificado de la App Bancolombia) le permite a Bancolombia tener el costo de fondeo más bajo de todo el sistema bancario colombiano. Es la gran ventaja competitiva de Bancolombia.
Los bancos competidores quedan forzados a repensar su modelo, con clara desventaja competitiva en costo de fondeo y sumado a su baja innovación digital los puede condenar a seguir perdiendo terreno ante Bancolombia-Nequi.
El ecosistema Bancolombia, muy apalancado en los millones de usuarios Nequi, se convierte en la barrera de entrada más fuerte a nuevos competidores.
Riesgos emergentes: mayor exposición a ciber seguridad, dependencia tecnológica y concentración de datos.
Lo que parecía “solo una app para bancarizar invisibles” se convierte, al aplicar pensamiento de segundo orden, en un movimiento estratégico que redefine el costo de fondeo, el poder competitivo y la estructura misma del sistema financiero colombiano.
Podemos cerrar diciendo que:
Primeros principios = cavar hasta la raíz.
Primer orden = mirar el fruto inmediato de una acción.
Segundo orden = anticipar el bosque que crecerá a partir de ese fruto.
Entonces, cada vez que alguien nos diga que no existe lo bueno, bonito y barato al mismo tiempo, lo único que demuestra es que nunca quiso gastarse la glucosa para pensar distinto: prefirió refugiarse en la tacañería mental del statu quo.


Buenísimo ! Siempre conciso y preciso.
Muy buen escrito! Como siempre nos pones a pensar 💭. Gracias!