Las palabras nos delatan
Del Unabomber a las inversiones
En el Substack anterior exploramos la forma en que el uso de ciertas palabras nos permite identificar con sorprendente precisión la carga ideológica detrás de un discurso político. No tanto por lo que se afirma de manera explícita, sino por las palabras elegidas, las metáforas recurrentes y los atajos lingüísticos que sustituyen el razonamiento. El lenguaje no sólo comunica ideas, las revela. Las palabras que alguien usa de forma automática, y las que repite sin cuestionar, delatan su marco mental, sus supuestos no examinados y sus límites conceptuales. En política, esto se manifiesta en expresiones como “justicia social”, “derechos adquiridos”, “los ricos”, “el pueblo”, términos que operan más como marcadores ideológicos que como conceptos analíticos.
Pero este fenómeno no es exclusivo del debate político. El uso de expresiones, palabras y analogías revelan ideologías y marcos mentales en muchas disciplinas. En este Substack vamos a explorar dos mundos que rara vez hablan entre sí. Por un lado, el del crimen y el perfilamiento, donde el lenguaje ha servido para identificar autores cuando todos los métodos tradicionales fallan. Por otro, el de las inversiones, donde esas mismas pistas lingüísticas delatan algo menos dramático, pero igual de costoso: análisis pobres y pensamiento perezoso.
Kaczynski: cuando el lenguaje delata al autor
El Unabomber fue el alias de Ted Kaczynski, un matemático estadounidense que entre 1978 y 1995 envió una serie de bombas por correo dirigidas principalmente a universidades, académicos, aerolíneas y personas vinculadas al desarrollo tecnológico. El nombre “Unabomber” proviene del código interno del FBI: UNABOM (University and Airline Bomber). Durante casi dos décadas, Kaczynski logró evadir a las autoridades, convirtiéndose en uno de los casos más largos y costosos de la historia del FBI. Sus ataques dejaron tres personas muertas y más de veinte heridas, muchas de ellas con lesiones permanentes. Con métodos convencionales de persecución, el FBI fracasó durante años.
El Unabomber fue un niño prodigio en matemáticas, obtuvo su doctorado en la Universidad de Michigan, se convirtió en profesor en UC Berkeley a una edad inusualmente temprana y abandonó la academia para vivir de forma aislada en una cabaña en Montana. Su conflicto no era con la tecnología en abstracto, sino con lo que él llamaba el “sistema tecno-industrial”, al que consideraba una amenaza existencial para la libertad humana. Kaczynski había plasmado todas sus ideas en un manifiesto, titulado “Industrial Society and Its Future”.
Durante esos años de infructuosa persecución, aparece un agente especial del FBI, James R. Fitzgerald, quien no era un perfilador criminal tradicional, sino alguien obsesionado con la forma como la gente escribía. En el caso del Unabomber, Fitzgerald fue quien insistió en que el manifiesto no debía leerse sólo por su contenido ideológico, sino como un objeto lingüístico. Su aporte clave fue entender que las personas no eligen palabras al azar, los giros idiomáticos se repiten de forma inconsciente y ciertas obsesiones semánticas funcionan como una firma. Fue Fitzgerald quien identificó el uso reiterado y anómalo de palabras como “willfully”, construcciones gramaticales rígidas y poco naturales, patrones morales constantes (“voluntary”, “forced”, “freedom”, “control”). Y fue quien sostuvo que esas marcas podían ser comparadas con textos previos, incluso si el autor intentaba ocultarse. Cuando el manifiesto se publicó, Fitzgerald participó activamente en la comparación lingüística entre el texto del Unabomber y cartas antiguas, ensayos y documentos atribuidos a Ted Kaczynski. Luego, el hermano de Kaczynski identificó patrones lingüísticos tan específicos que no dejaban duda: no sólo las ideas coincidían, sino la forma exacta de argumentar.
El FBI logró identificar y capturar a Ted Kaczynski, no por huellas, ADN o tecnología forense sofisticada, sino por patrones lingüísticos. Con base en el análisis lingüístico del manifiesto y el testimonio de su hermano (quien reconoció giros, obsesiones semánticas y construcciones idénticas a textos privados), un juez autorizó la orden que permitió allanar la cabaña de Kaczynski en Montana. Allí se encontró la evidencia física que confirmó su autoría y que posteriormente condujo a su condena a cadena perpetua. La potencia de este caso radica en que el lenguaje funcionó como una huella dactilar intelectual, invisible para quien lee por encima, evidente para quien sabe buscar patrones.
A partir del caso Unabomber, la lingüística forense dejó de ser una curiosidad académica y se consolidó como una herramienta investigativa poderosa. Hoy se utiliza de forma sistemática para atribuir autoría, descartar sospechosos y vincular comunicaciones anónimas en casos de amenazas, extorsión y terrorismo. El lenguaje pasó a ser evidencia.
Del extremismo ideológico a la mediocridad financiera
Con esa misma lupa queremos mirar ahora otro territorio donde el lenguaje es igual de revelador: los artículos financieros y de inversión. Sin embargo, aquí no estamos frente a ideologías explícitas, sino frente a algo igual de peligroso para quien invierte, la pereza mental disfrazada de prudencia. En inversión, como en política, existen palabras que no explican nada, pero permiten cerrar la conversación. Términos que sustituyen el análisis, evitan el modelaje y liberan al autor del trabajo incómodo de pensar en profundidad. Son marcadores lingüísticos de superficialidad.
Cuando un artículo financiero recurre sistemáticamente a palabras como: “pirámide”, “burbuja”, “humo”, o “pura especulación”, podemos anticipar con alta probabilidad que el autor no entendió, o no estudió a fondo, el fenómeno que está narrando. Ello devela ausencia de estructura, y apela al uso de palabras que funcionan como atajos cognitivos y que permiten emitir un juicio sin definir variables, sin cuantificar escenarios y sin asumir incertidumbre. En lugar de explicar incentivos, flujos, riesgos, costo-beneficio, entre otras variables, el texto se refugia en etiquetas morales o analogías vagas.
Así como en política el lenguaje revela ideología, en inversión el lenguaje revela calidad intelectual. Los textos profundos suelen compartir algo incómodo:
reconocen lo que no saben
explicitan supuestos
modelan escenarios
aceptan incertidumbre
Los textos superficiales, en cambio, comparten otra cosa:
certezas grandilocuentes
analogías perezosas
palabras grandes para evitar números pequeños
Marcadores lingüísticos de pereza mental en inversión
Me puse en la tarea de identificar varios de esos términos que esconden la pereza intelectual. Seguramente faltarán muchos, porque el lenguaje para maquillar siempre será extenso. Aquí están, organizados por la función que cumplen para evitar pensar.
Marcadores (negativos) morales: Sirven para condenar sin analizar.
“Es una pirámide” o “Es un Ponzi”: Clausura el debate por asociación moral. No define flujos, incentivos ni estructura, sólo etiqueta como fraude.
“Esto no es inversión, es apuesta”: Juicio moral disfrazado de criterio financiero. Toda inversión es una apuesta informada sobre el futuro.
“Es sólo para criminales, evasores, gamblers”: Desplaza el análisis del activo al juicio sobre quienes lo usan. Argumento ad hominem económico.
“Es irresponsable”: Palabra sancionatoria que no especifica riesgo, probabilidad, ni impacto. Moraliza el riesgo en vez de medirlo.
“No debería permitirse”: Cierra la discusión económica y la traslada al plano normativo sin haber entendido la estructura del fenómeno.
“Es un esquema”: Versión genérica de “pirámide”. No aclara qué tipo de esquema ni su funcionamiento.
Marcadores (negativos) pseudo-técnicos: Simulan rigor para evitar modelar
“No produce nada”: Confunde producción física con valor económico. Incapacidad para entender intangibles, opcionalidad o utilidad.
“No genera flujos”: Observación incompleta que ignora monetización futura y efectos de red.
“No tiene fundamentos”: Diagnóstico vacío si no se enumeran y evalúan dichos fundamentos. Es opinión con bata blanca.
“No tiene valor intrínseco”: Frase hueca sin definición previa de “valor” ni marco teórico explícito.
“No está respaldado por nada”: Olvida que la mayoría de los activos están respaldados por expectativas y coordinación social.
“Es demasiado volátil”: Confunde volatilidad con riesgo. Revela ausencia de horizonte temporal.
“El precio está manipulado”: Afirmación extraordinaria sin evidencia. No se especifica quién, cómo, ni por cuánto tiempo.
Marcadores (negativos) emocionales: Buscan generar miedo o rechazo
“Estamos en una burbuja”: Genera alarma sin definir la desconexión entre precio y flujos esperados.
“Esto va a colapsar”: Profecía sin plazo ni mecanismo. Miedo en lugar de escenarios.
“Es puro humo”: Descalificación emocional que sustituye el análisis técnico por desprecio.
“Es una moda pasajera”: Rechazo sociológico ligero que ignora incentivos y estructura.
“Cuando esto explote…”: Narrativa catastrófica sin probabilidad, sin timing y sin cuantificación.
Marcadores (negativos) historicistas: Usan el pasado para no pensar el presente
“Esto ya pasó antes”: Analogía superficial que ignora cambios tecnológicos, regulatorios e institucionales.
“Es igual a 1929 / 2000 / 2008”: Historia como muleta intelectual. Comparación sin mapeo estructural.
“Siempre termina mal”: Generalización absoluta que evita el análisis de condiciones iniciales.
“Ya vimos esta película”: Frase retórica que reemplaza el modelaje por memoria selectiva.
Marcadores (negativos) normativos / regulatorios: Trasladan el análisis al Estado
“No está regulado”: La regulación aparece como sustituto del análisis de riesgo.
“Cuando lo regulen se acaba”: Suposición gratuita sobre efectos regulatorios sin evaluar incentivos.
“Eso no debería existir”: Juicio normativo que evita completamente la pregunta económica central: ¿por qué existe?
Si los anteriores son los marcadores negativos, podemos inferir lo contrario, que los textos con profundidad están llenos de marcadores positivos. Me atreví a elaborar una lista de marcadores positivos, también por categorías.
Marcadores (positivos) de incertidumbre honesta: El analista sabe lo que no sabe
“Bajo estos supuestos…”: Se explicita el marco. El autor se hace responsable de sus hipótesis.
“Si este escenario se materializa…”: Pensamiento condicional, no dogmático.
“El rango de resultados posibles es…”: Acepta distribución de probabilidades, no certezas.
“Este análisis es sensible a…”: Reconoce fragilidad y dependencias críticas.
“No tenemos visibilidad aún sobre…”: Admite límites de información. Señal fuerte de rigor.
Marcadores (positivos) de estructura y causalidad: Se analizan mecanismos, no solo resultados.
“El incentivo principal aquí es…”: Busca entender comportamiento, no sólo precios.
“El flujo se genera cuando…”: Describe mecanismos concretos de creación de valor.
“El cuello de botella está en…”: Pensamiento sistémico, restricciones primero.
“Este retorno depende de…”: Explicita causalidad y condiciones necesarias.
“El trade-off central es…”: Reconoce que toda decisión implica renuncias.
Marcadores (positivos) de pensamiento probabilístico: No hay certezas, hay pesos relativos
“Asignamos mayor probabilidad a…”: Lenguaje bayesiano, no profético.
“El escenario base asume…”: Modelo explícito, no intuición suelta.
“El downside está acotado por…”: Análisis asimétrico del riesgo.
“La convexidad aparece si…”: Comprensión de opcionalidad y no linealidad.
“La pérdida permanente de capital ocurriría si…”: Diferencia volatilidad de destrucción real de valor.
Marcadores (positivos) de comparación rigurosa: Nada se evalúa en el vacío
“Comparado con alternativas similares…”: Benchmark explícito.
“A precios actuales, el mercado está asumiendo que…”: Lectura implícita de expectativas.
“Históricamente, bajo condiciones comparables…”: Historia usada con contexto, no como muleta.
“En términos relativos, este activo ofrece…”: Evaluación marginal, no absoluta.
Marcadores (positivos) de humildad intelectual: El análisis no es una identidad personal
“Puedo estar equivocado si…”: Apertura al error, no debilidad.
“Este no es un argumento cerrado”: Invitación a debate informado.
“La tesis se rompe si…”: Define estabilidad de la tesis. Ciencia, no dogma.
“Hay escenarios en los que esta tesis falla”: Anticipa objeciones reales.
“Este no es un activo para todos los perfiles”: Entiende heterogeneidad de objetivos y restricciones.
“El tiempo es una variable clave aquí”: Reconoce que el reloj importa tanto como el precio.
Los marcadores negativos buscan cerrar, simplificar, tranquilizar, moralizar. Los marcadores positivos buscan abrir, incomodar, modelar, identificar incertidumbre. Uno suena seguro, el otro piensa.
Poder identificar marcadores lingüísticos negativos y positivos en un texto de inversión nos da una ventaja simple pero poderosa porque nos provee un filtro rápido de calidad intelectual. En un mundo saturado de información, donde leer todo es imposible y creer todo es peligroso, contar con un firewall lingüístico se vuelve indispensable. Este listado funciona como un tamiz, donde los textos que exhiben marcadores de pensamiento profundo pasan mientras los que se apoyan en atajos, etiquetas y juicios vacíos, se quedan atrás.
Cierre
Hemos visto que la lingüística no es una curiosidad académica, es una herramienta transversal de poder analítico. Más allá del discurso político, el crimen y la inversión, las técnicas lingüísticas se usan, ya de forma explícita o implícita, en muchos otros dominios. Donde hay lenguaje, hay patrones. Y donde hay patrones, hay información. La lingüística forense se aplica hoy, de forma visible o silenciosa, allí donde hay poder, decisiones y asimetría de información. En contratos, medios, ciencia, empresas o relaciones personales, el lenguaje deja rastros que revelan intención, rigor o manipulación. Aprender a leer esos rastros no es un ejercicio académico, es una herramienta práctica para navegar un mundo saturado de discursos, donde cada palabra elegida dice más de lo que aparenta.
El lenguaje es el crimen perfecto, ocurre a plena vista y casi nadie lo investiga. La lingüística forense sirve para detectar desde criminales, pasando por manipuladores políticos y hasta falsos expertos. En un mundo lleno de discursos inflados, aprender a leer patrones no te vuelve paranoico, te vuelve inmune al humo.

Nico buenísimo!
Muchas Gracias, contribuyes enormemente con herramientas para aprender y sobretodo pensar, de nuevo muchas gracias Nicolas