La matemática no miente en esta encuesta presidencial
En este nuevo ciclo electoral abundan todo tipo de encuestas, todas ellas con resultados tan disímiles y contradictorios, que resulta casi imposible apaciguar la incertidumbre. La avalancha de cifras, márgenes de error, sondeos telefónicos, análisis predictivos, y encuestas internas no reduce la ansiedad, sino que la multiplica. Algunas encuestas acarrean un tufillo evidente de manipulación, y en otras la pestilencia es directa y sin disimulo.
Resulta que este hedor estadístico llegó con aires nuevos en este proceso electoral luego que en el 2025 al Congreso colombiano se le ocurriera la “brillante” idea de restringir el modelo de publicación y difusión de encuestas. La ley que aprobaron, la ley 2494 de 2025, regula la elaboración, publicación y divulgación de encuestas de intención de voto y opinión política, impone exigencias técnicas más estrictas, eleva el tamaño de las muestras, exige la inclusión de zonas menos pobladas en las muestras y registro obligatorio ante el CNE para encuestadoras, y amenaza con consecuencias penales al incumplimiento, entre otros requisitos. Como todo en la política, una cosa es la intención y otra bien distinta el resultado. Bajo el argumento edulcorado de combatir la manipulación, la desinformación y el sesgo estratégico, el resultado fue diametralmente opuesto. La nueva ley básicamente duplica los costos, amenaza con acción penal, y ello deriva en que hay menos encuestas publicadas en cumplimiento de la nueva ley. Al igual que cualquier otro producto al que se le restringe la oferta, nace un incentivo para ofrecerlo en el mercado negro.
Hay una creencia implícita detrás de la regulación y es creer que, si el votante no ve encuestas, votará más libremente. Claramente hay un aroma a buenismo y mucho de soberbia intelectual en todo esto, pues los políticos creen genuinamente que el ciudadano es incapaz y por ello hay que restringirle la información, básicamente hay que darle la sopa con cuchara. Pero la libertad no es ausencia de información, es capacidad de procesarla. Nos vienen diciendo que Colombia es un país altamente polarizado en lo político, pero resulta que para pasar leyes poco inteligentes ahí sí no se polarizan, se unen y celebran juntos. En efecto, esta Ley 2494, fue aprobada con el respaldo de diversos congresistas, destacando la participación de la senadora Clara López (Pacto Histórico), Paloma Valencia (Centro Democrático), Angélica Lozano (Alianza Verde). Dos de ellas directamente participando de este proceso electoral (y sufriendo los efectos de su propia ley), y en el caso de Angélica el daño se lo hizo a su pareja Claudia López que también participa en este mismo ciclo.
Ni García Márquez hubiera sido capaz de llegar a una historia tan macondiana, promueven una ley para regular encuestas y terminan incentivando la avalancha que escapa su propio marco legal. Les pasó como a Barbara Streisand, la famosa actriz. En 2003, argumentando violación de su privacidad, ella demandó por $50 millones de dólares al sitio web que publicó una fotografía aérea de su casa en California. Antes de la demanda, casi nadie había visto la imagen, pero después de intentar censurarla, millones la conocieron. El efecto Streisand ya es un fenómeno en la comunicación, y estudia las consecuencias de una táctica de censura fallida. En el caso colombiano, el efecto Streisand trajo como consecuencia una avalancha de sondeos manipulados. La mayor víctima no son los candidatos, es la ciudadanía, porque cuando la información formal se restringe, lo único que crece es la sospecha.
Si algo nos regala el pasado, es certezas
Cuando intentamos anticipar una elección presidencial, normalmente tomamos uno de dos caminos. El primero es el más popular, que es mirar encuestas. Pero ya vimos que están contaminadas, y beber de esas aguas nos produce intoxicación informativa. Nos queda un segundo camino, que es mirar el pasado y tratar de identificar patrones. Es una camino técnico y fiable en cuanto a la veracidad de la información, pues no hay verdad más absoluta que la que ya ocurrió. Sin embargo, es un camino peligroso porque está lleno de sesgos cognitivos, tal como el sesgo de extrapolación o el sesgo de anclaje, que no son más que trampas mentales que nos inducen a creer que lo que ocurrió en el pasado se puede repetir en el futuro. Tomando con cuidado este camino, y reconociendo siempre que estos sesgos existen, el ejercicio estadístico de proyectar valores puede mostrar tendencias interesantes para descubrir patrones que nos pueden ayudar a pensar que pudiera ocurrir en las próximas elecciones en Colombia.
En Colombia, existe el sistema de doble vuelta presidencial desde las elecciones de 1994. Ya son ocho elecciones en este formato que nos arrojan muchos datos que son la base para el análisis que propongo en este texto. Para entrar en el análisis, amerita un recuento breve de los hechos más significativos que se observan en estas ocho elecciones:
Sólo en dos de esas elecciones no ha habido segunda vuelta. En 2002 y 2006 el candidato vencedor obutvo más del 50% de los votos en primera vuelta.
Sólo en dos de esas elecciones ha habido reversión. El candidato perdedor de primera vuelta resultó ganador en segunda vuelta. Ocurrió en 1998 y 2014.
El ganador de segunda vuelta nunca ha obtenido más de 70% de los votos, lo que muestra que Colombia no produce mayorías ideológicas estables sino coaliciones circunstanciales.
Con estas precisiones, tomé los datos* y analicé detalladamente para ver si encontraba patrones de particular importancia. Encontré 4 patrones fundamentales.
(*) Fuentes: Para el análisis tome los datos de Wikipedia que puede usar datos de preconteo, mientras Georgetown usa escrutinios oficiales. Algunas fuentes incluyen, y otras excluyen los votos en blanco del total votos válidos. Haciendo una validación con Claude.ai (fuente Georgetown) las diferencias son menores al 0.5% en todos los casos con respecto a los datos de Wikipedia y no afectan los patrones ni las conclusiones de este análisis.
Patrón No. 1: La regla del 4%
En este caso, mirando sólo los resultados de primera vuelta, encontramos un patrón muy bien definido. Sólo ha habido reversiones cuando la diferencia en puntos porcentuales es menor al 4% (en amarillo abajo). Es decir, si en la primera vuelta la diferencia en puntos porcentuales entre los dos primeros candidatos supera el 4%, la historia colombiana muestra que nadie ha sido capaz de revertir el resultado en segunda vuelta. En los dos casos de reversión donde el perdedor en primera resultó ganador en segunda fue en 1998 y en 2014.
Sin embargo, ello no quiere decir que un margen estrecho en primera garantice reversión, pues en el año 1994 Samper ganó por estrecho margen en primera y se sostuvo en segunda (fila en verde).
La regla del 4% establece entonces que, si la diferencia en puntos porcentuales en primera vuelta supera el 4%, no hay posibilidad alguna para el perdedor de revertir la tendencia en segunda. Pero, si la diferencia en primera vuelta es menor al 4%, el perdedor ha logrado revertir el resultado en 2 de los 3 casos históricos, es decir tiene probabilidad alta de revertir.
Patrón No. 2: Crecimiento del 32%
Mirando sólo a los ganadores, vemos que necesitaron mínimo un 32% extra de votación entre primera y segunda vuelta. Eso significa que los ganadores de primera vuelta siempre han tenido que hacer un esfuerzo grande para traer una nueva masa de votantes en las tres semanas que transcurren entre ambas vueltas. Y peor aún, los que ganaron revirtiendo el resultado (Pastrana 98 y Santos 14) necesitaron unos crecimientos extraordinarios, casi que estadísticamente anómalos. Pastrana lo logró gracias al efecto Noemí, especialmente en Antioquia y Bogotá, mientras que Santos hizo lo propio con los apoyos masivos de la ñoñomanía (la maquinaria pestilente de Musa Besaile y el Ñoño Elías que fueron fundamentales para Santos en esa elección).
Patrón No. 3: A mayor polarización, mayor participación
Casi siempre la participación sube entre la primera y segunda vuelta. En 4 de las 6 segundas vueltas que ha habido, la participación subió. La excepción notable fue 2010, donde Santos arrasó de forma importante en primera vuelta, con lo que la segunda vuelta se percibió como definida de antemano. Y en el año 2018 es básicamente una elección sin variación en la participación entre vueltas.
Los años con mayor participación (mayor al 50%) coinciden con elecciones muy polarizadas:
1998- Proceso 8.000, país dividido entre samperismo y antisamperismo, la segunda vuelta trajo la mayor participación histórica en Colombia
2018- Post-plebiscito de paz, Petro vs establishment. Tuvieron que pasar 20 años para volver a superar el 50% de participación.
2022- Primera vez que la izquierda podía ganar, post pandemia, Gobierno Duque muy impopular luego del mal llamado “estallido social”.
Los años de baja participación tienden a favorecer triunfo en primera vuelta.
Patrón No. 4: El King Maker no existe
Normalmente en elecciones con sistema de doble vuelta, el que queda de tercero en la primera vuelta se convierte en el “king maker”. En teoría, los votos del tercero se suman a quien su líder indique apoyar en segunda vuelta. En Colombia, llevamos 6 elecciones que llegan a segunda vuelta, y el efecto del tercero es variado.
Cuando el tercero decidió: ello ocurrió claramente en 1998 cuando Noemí Sanín abiertamente apoyó a Pastrana en segunda. Ello arrastró la fuerte votación de Noemí en Antioquia y Bogotá principalmente, e indujo a una mayor participación.
En las últimas dos elecciones, el tercero en primera vuelta ha obtenido votaciones muy importantes. Fajardo en el 2018 decidió irse a ver ballenas después de obtener el 23.8% de los votos en primera y no apoyó abiertamente ni a Duque ni Petro. En esas elecciones, Duque consolidó su triunfo en segunda, aunque Petro creció a una rata mayor que la de Duque entre ambas vueltas.
Y en el 2022, los votantes de Fico Gutiérrez (23.9% de los votantes de primera vuelta) claramente recibieron la señal de apoyar a Rodolfo Hernández, y a pesar de ello Petro consolidó su victoria en segunda vuelta.
Esto muestra que el tercero tiene más un peso simbólico que peso real estadístico soportado en la historia.
Conclusión-¿Qué nos dicen los patrones para 2026?
La historia electoral colombiana desde 1994 nos permite hacer algunas inferencias para las elecciones de 2026. El escenario más probable es el de una elección polarizada, con participación superior al 55%, que muy probablemente se definirá en segunda vuelta.
Claves a monitorear el día de la primera vuelta (31 de mayo):
Si la diferencia entre primero y segundo es menor a 4 puntos porcentuales: El perdedor tiene posibilidades reales de revertir.
Si la diferencia supera el 4% entre el primero y segundo: La historia dice que el ganador de primera consolida su triunfo en segunda. En 32 años, nadie ha remontado una ventaja superior a 4 puntos.
El ganador en primera deberá crecer mínimo 32% en votos para asegurar el triunfo en segunda. Eso implica conquistar a votantes de los eliminados y movilizar abstencionistas.
El “king maker” es un mito: Los colombianos no siguen instrucciones de voto. El tercero tiene peso simbólico, no estadístico.
En resumen: La noche del 31 de mayo, más que mirar quién ganó, hay que mirar por cuánto ganó. Ese número no es anecdótico, es estructural.
Disclaimer: Este es un ejercicio de análisis estructural, no una predicción ni una postura política, y fue hecho con fines académicos utilizando información de público conocimiento.




Que importante estos tipos de textos Nico, el conocimiento del sistema que le mezclas no es trivial para la mayoría de personas. Vale la pena conocer más sobre el sistema en el que vivimos.
Gracias Nicolás