Francia: donde el poder aprendió a vestirse
Francia es un país sorprendente en muchos aspectos. Francia es cuna de los valores fundacionales del Occidente moderno: la libertad, la igualdad, y la fraternidad. Pero también es mucho más. Es su rica cultura, su gastronomía, su estética reflejada en su moda, arte, diseño y arquitectura. También es fuente del pensamiento crítico que enarbolaron magistralmente, entre otros, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, tradición que incluso hoy sus ciudadanos mantienen viva a través de un permanente debate intelectual sobre poder, libertad y sociedad. Es también el origen del Estado moderno, herencias del pensamiento de Rousseau y Montesquieu. Es una sociedad que ama, disfruta y sufre la protesta, la vive como parte fundamental de su existencia. Por eso en Francia la huelga no es una interrupción del trabajo, es el latido de su propia identidad.
Pero más allá de esa identidad orgullosa, contestataria y rebelde, creo que lo más llamativo de Francia es su propia contradicción. La Revolución Francesa representa lo más puro de la individualidad. Ello se refleja en el hecho que cada persona no es súbdita de nadie, sino titular de sí misma, donde cada persona nace con los mismos derechos y obligaciones. Y de esa pura expresión de libertad e igualdad -ante la ley-, y luego de más de dos siglos desde la toma de La Bastilla se tiene hoy en Francia a uno de los países más estatizados del mundo occidental. El Estado representa cerca del 57% del PIB, y hay ministerios para todo, para la educación, la salud, la energía, los ferrocarriles, la cultura, y todo siempre bajo el paraguas del Estado. Y ni hablar de su deuda titánica que ya hipotecó a las próximas generaciones y que ya representa el 115% del PIB y creciendo. Los franceses protestan con pasión por sus derechos mientras viven en uno de los sistemas más centralizados de Europa, y en cada protesta piden precisamente más Estado en sus vidas. Es como el ahorcado pidiendo más soga, y esa es la contradicción fundamental.
Pero probablemente el tema es más complejo, y el constante ruego por más Estado no necesariamente sea una contradicción. Puede ser, mejor dicho, una herencia. Y esa herencia está forjada en una frase monumental: “L’État, c’est moi“, o el “El Estado soy yo”, palabras demoledoras atribuidas a Luis XIV. En este texto veremos que esa frase funciona como hito fundacional de todos los sistemas de poder modernos, independiente de su estirpe ideológica. Fascistas, comunistas y nazis, y pasando por los mal llamados progresistas de hoy, todos tienen algo en común: para el Estado y en nombre del Estado, todo. Para el individuo, nada.
Este texto lo veremos en cuatro cortos actos hasta aterrizar en un corto epílogo sobre nuestra trágica y cómica realidad criolla.
Acto I: El Original: La Monarquía Absoluta
Antes de Luis XIV, la justificación del poder real era teológica. El rey gobernaba porque Dios lo había ungido. Era incómodo, pero tenía cierta lógica pues si hay un Dios omnipotente, alguien tiene que representarlo, y mejor que sea alguien con ejército propio. Luis XIV dio un paso más interesante y profundo, secularizó el absolutismo. Ya no era sólo que Dios lo mandara. Era que adicionalmente él era el Estado. No lo representaba, lo era. Y la distinción es crucial pues si el rey representa al Estado, entonces el Estado existe independientemente del rey y puede sobrevivir sin él. Hay una entidad separada que el monarca administra temporalmente. En ese mundo, hay espacio para la crítica, para la sustitución, para la reforma, así sea muy mínima y estrecha.
Pero si el rey es el Estado, entonces cuestionar al rey es atentar contra el Estado mismo. La disidencia se convierte en traición, y la crítica en sedición. Hábilmente Luis XIV, quien tuvo un reinado más largo que el de Isabel II de Inglaterra*, entendió que esas disidencias había que tenerlas cooptadas. Para ello transformó a Versalles, que era un sitio de caza y lo convirtió en el palacio más opulento de la época. Ese palacio fue el verdadero gancho a la sumisión, con lo que ejerció el más puro y duro control político, obligó a la nobleza a vivir allí, lejos de sus bases de poder. París dejó de ser el foco, el rey creó su propio universo con toda una escenografía del poder. Al mejor estilo romano, y muchas veces evocándolo, ese experimento de poder se plasmó en arquitectura, jardines y rituales diseñados para reforzar la idea de que él era el Estado.
(*): Luis XIV fue rey desde 1643 hasta 1715. Asumió cuando apenas iba a cumplir 5 años, y en realidad fue rey bajo regencia de su madre Ana de Austria y el Cardenal Mazarino. En 1661 asumió todas las funciones en propiedad hasta 1715 cuando murió. Luis XIV fue rey durante 72 años vs los 70 años de reinado de Isabel II.
Acto II: La Revolución que copió la Fórmula
Esa misma sangre Borbona vivió la primera gran contradicción. Y como la vida castiga a punta de ironía, el rey que se autoproclamaba como el Estado mismo, quedó sin legado. Su hijo, su nieto y el hijo mayor de su nieto murieron entre 1711 y 1712, dejando el trono a un bisnieto de cinco años. Ese niño, llamado Luis XV, quedó en periodo de regencia en manos de Felipe II de Orleans hasta 1723, y luego bajo la tutela del Cardenal Fleury hasta 1743, cuando por fin asumió el poder real, ya con 33 años. Luis XV reinó entre aventuras románticas y mucha ineptitud, con lo que ese Estado se fue debilitando. Mantuvo el modelo absolutista heredado, pero Francia entró en problemas fiscales serios. Y la corte en Versalles siguió siendo centro de lujo, pero cada vez más desconectada de la realidad. Y luego, el trono pasó a su nieto, el famoso Luis XVI, el esposo de María Antonieta, quienes fueron los últimos reyes monárquicos al ser destronados por la revolución y posteriormente víctimas de la temida guillotina.
Y en esta historia se ve un deterioro fantástico. Primero de Luis XIV a Luis XV, bisabuelo a bisnieto y luego de Luis XV a Luis XVI, de abuelo a nieto. Son muchas capas generacionales, representan un salto grande en años, pero sobre todo en capacidad. Porque para ser rey se necesita algo que pocos tienen, hay que ser implacable. Luis XVI era tímido, introvertido y analítico, cualidades insuficientes para el reto que tiene al que se dice ser el Estado. Y es aquí donde viene la ironía más deliciosa de la historia política moderna. La Revolución Francesa de 1789 decapitó literalmente la monarquía absoluta. Mandó a Luis XVI al cadalso, proclamó los derechos del hombre, habló de liberté, égalité, fraternité, fue en últimas el gran proyecto humanista del siglo de las luces destinado a acabar con el absolutismo. Y luego, irónicamente, reprodujo exactamente la misma estructura. Robespierre y el Comité de Salvación Pública no decían “el Estado soy yo”. Decían “el Estado somos nosotros”, que representamos la voluntad general del pueblo. Rousseau no diseñó el terror, pero lo hizo posible. Porque si existe una “voluntad general” que trasciende al individuo, entonces quien la interprete, tiene el poder absoluto.
El resultado: el Terror. Decenas de miles de guillotinados. No por el capricho de un rey sino por la voluntad abstracta de una idea.
Acto III: El Siglo XX : Cuando la frase se industrializó
El siglo XX fue el laboratorio donde la ecuación de Luis XIV se probó a escala industrial. Tres experimentos, tres ritmos distintos, pero todos con el mismo virus:
El Fascismo: El Estado es todo. Mussolini lo dijo sin anestesia: “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. El fascismo es la versión corporativa del absolutismo. No necesita un rey. Necesita un partido, un símbolo, una mística nacional. El individuo no tiene valor propio, vale en la medida en que sirve a la nación. El Estado no es un contrato entre ciudadanos. Es un organismo vivo, superior a sus partes, que tiene fines propios.
Luis XIV se habría reconocido en esa idea. La diferencia es de escala y de tecnología. Versalles era propaganda para la corte mientras que los estadios fascistas eran propaganda para millones.
El Nazismo: El Estado es la raza. Hitler añadió un ingrediente: la biología. No era el Estado en abstracto. Era la Raza, el Volk, el pueblo-sangre que justificaba todo, incluso invadir naciones enteras para tener su Lebensraum (espacio vital). El ingrediente de superioridad racial fue innovador, pero la operación lógica era idéntica a la de Luis XIV. Hay una entidad superior al individuo ante la cual el yo particular debe someterse o ser eliminado.
Luis XIV convirtió el poder en una persona. El nazismo sólo dio el siguiente paso lógico: convertir esa persona en un destino colectivo incuestionable.
El Comunismo: El Estado es la Historia. Aquí el truco es aún más sofisticado. En el comunismo, el Estado no es una persona, ni una nación, ni siquiera una raza. Es algo supuestamente inevitable: la historia misma en marcha. Karl Marx le dio el marco teórico que conduce al triunfo del proletariado. Y si eso es así, entonces cualquiera que se oponga no es un disidente, es un obstáculo histórico. Y los obstáculos se eliminan. Lenin y luego Stalin no decían “el Estado soy yo”. Decían algo mucho más peligroso: “nosotros somos el vehículo de la historia”. El resultado fue el mismo, pero con escala industrial: gulags, purgas, y millones de muertos. Si no son campeones mundiales en matar gente, como mínimo están compitiendo por la de oro junto a Mao.
Luis XIV centralizó el poder en su persona. El comunismo lo disolvió en una abstracción, pero con exactamente el mismo efecto práctico: el individuo desaparece.
Los tres experimentos del siglo XX tienen la misma raíz. El poder político requiere siempre de un ente externo que lo justifique, tanto en su abstracción como en sus atrocidades. El poder solito, sin validador externo, no tiene justificación ética.
Acto IV: El nuevo milenio viene con mejores relaciones públicas
Ningún gobierno democrático diría hoy “el Estado soy yo”. Sería burdo e inaceptable. El poder moderno aprendió que las formas importan, algo que Luis XIV nunca necesitó. Hoy el poder no se impone, se justifica. Y, sobre todo, ya no necesita una figura visible. El poder encontró algo mucho más eficiente: externalizar su legitimidad.
Antes era Dios, luego el rey, después la nación, la raza o la historia. Hoy es algo más sofisticado. Se le llama la seguridad, la inclusión, la salud pública, la información correcta o el bienestar colectivo. Siempre hay una causa noble, una urgencia, una razón para intervenir, o simplemente “el Estado somos todos”.
Luis XIV decía “El Estado soy yo”. Hoy nadie lo dice, se trabaja sobre una premisa más peligrosa: “esto no lo hago yo, lo exige la situación.” Y ahí desaparece la responsabilidad. El lenguaje cambió, pero la lógica es la misma.
Epílogo: Colombia — el Estado que todos critican… y todos quieren
Y ahora pasemos de Versalles a Cundinamarca, y las contradicciones son las mismas, pero con acento criollo. Porque aquí no decimos “el Estado soy yo”, aquí decimos algo mucho más curioso: “el Estado no sirve, pero debería hacer más.” Nos quejamos de la burocracia, la ineficiencia, la corrupción, los trámites y la politiquería. Pero la solución que proponemos siempre es la misma: más Estado, más regulación, más subsidios y más intervención.
Queremos un Estado pequeño cuando cobra, pero gigante cuando reparte. Queremos libertad para producir, pero protección para competir. Queremos mercado para crecer, pero Estado para sostenernos. Tenemos en el fondo la misma contradicción francesa, pidiendo siempre más soga y más nudos.
Y ahora que estamos en elecciones en Colombia, básicamente tenemos que escoger entre varios tipos de sogas, unas más letales para ahorcar que otras. Pero son sogas finalmente. Y como se trata de escoger la soga más débil, miremos bien la urdimbre y la trama de esa cuerda que nos ofrecen. Porque claramente hay una alternativa que nos trae una soga que no sólo aprieta, sino que viene con nudo corredizo, manual de uso traducido desde la cortina de hierro, con garantía extendida de asfixia progresiva y la elegante promesa de apretar poco a poco.
A diferencia de la guillotina de Robespierre que mataba rápido y hasta con fría cortesía, esta soga colectivista es fatalmente cruel. No es solo que el ahorcado se suicide, es que el mecanismo de su muerte es precisamente lo que le impide darse cuenta de que se está muriendo. Y eso es exactamente lo que pasa con el ciudadano que pide más Estado.
Cierre
Vimos en estos cuatro actos y el epílogo criollo algo muy simple y poderoso. Pasamos de Dios, al Estado. De un rey ungido por lo divino, a burócratas ungidos por “lo público”, en nombre de la raza, el bien común o la historia. Y estamos ahora en una versión edulcorada y sutil, pero más sagaz donde el Estado dice solucionarnos los problemas. Y los pocos que ejercen el poder, porque siempre son pocos, no importa si se llaman Adolfo, Josef, Luis, Hugo o Gustavo, todos en el fondo hacen lo mismo, administran excusas para ejercer poder. Y así funciona el poder. El poder nunca desaparece, simplemente se cambia la máscara.
Y aunque parezca una batalla perdida, no le queda al individuo, sino develar el engaño, o patalear.

Pacero buen contenido