El día que los cerdos comieron pan
Boris Ivanov- Cherepovets, Unión Soviética, 1982
Para el momento de la historia, Boris tiene 38 años. Es ingeniero mecánico, soltero, y vive con sus padres, que lo tuvieron cuando ya estaban muy maduros. Boris trabaja en Severstal, un enorme complejo siderúrgico estatal ubicado en la ciudad de Cherepovets, en la región de Vólogda, entre San Petersburgo y Moscú. Cherepovets fue diseñada en buena parte como una ciudad-fábrica, donde la vida urbana gira alrededor del complejo siderúrgico: los turnos, la vivienda estatal, las tiendas planificadas y los servicios asignados. En últimas, una típica ciudad estalinista diseñada para producir acero y hacer filas.
Un miércoles normal, como todos los días, Boris llega puntual a una de las fábricas del complejo, cumple su turno y firma su salida. Nadie duda que Boris trabaja. Al salir, camina hacia la tienda del barrio. No va a hacer mercado, va a hacer fila, y Boris siempre la hace sin preguntar. Nadie pregunta porque eso no cambia nada. Cuando por fin entra, compra lo que hay, no lo que necesita. Pan, si hay pan. Papas, si hay papas. Carne, casi nunca. Ese miércoles hay pollo, tomates y papas. Hay algo curioso con las papas pues por alguna razón, es el producto que casi nunca falta. A Boris le gusta mucho el pan, pero ese día no hay. Boris no sabe si el pan es caro o barato; el precio está fijado. No sabe cuánto vale el trigo y, por lo tanto, no sabe cuánto cuesta producir ese pan. Sólo espera que al día siguiente pueda conseguir un buen pedazo.
Boris regresa a casa y cena con sus padres pollo guisado con puré de papas. Al terminar de cenar, pone un vinilo de The Wall de Pink Floyd, comprado en el mercado negro. Baja el volumen. No entiende cada palabra, pero entiende el mensaje: hay muros que no se ven y órdenes que no se discuten.
Elizabeth Miller- Lafayette, Indiana, Estados Unidos, 1982
Elizabeth tiene 34 años y vive en una ciudad pequeña del estado rural de Indiana, un sitio tranquilo para criar una familia. Tiene dos hijos pequeños y trabaja en las mañanas en un almacén para poder cuidarlos en las tardes, mientras su esposo, Frank, trabaja arduamente en una de las granjas tecnificadas de maíz que hay en las vegas del río Wabash, en el condado de Tippecanoe. Liz, como cariñosamente le dicen, maneja una camioneta tipo miniván, lleva a sus dos hijos a clases de natación en el campus de la Universidad de Purdue y regresa siempre al final de la tarde a casa para preparar la cena. Liz nunca ha leído un libro de economía, no se considera “capitalista”, es demócrata registrada y detesta al presidente Reagan, sobre todo por su estilo burlón. Puede criticar a su presidente sin miedo a ser detenida, y lo hace con frecuencia junto a sus amigas.
Hoy es día de mercado. Después de la clase de natación y en compañía de sus hijos, entra al supermercado con una lista que preparó antes de salir de casa. La lista no es rígida, depende de los precios. Camina por los pasillos y observa rápidamente varias situaciones:
El pollo sube, entonces compra menos.
La carne está en oferta y por eso cambia el menú.
La marca A está cara, así que decide probar la B.
El empaque grande rinde más y ajusta el presupuesto.
Liz no hace cálculos formales, simplemente reconoce patrones. En una sola visita procesa cientos de señales: escasez, sustitutos, calidad, tiempo y oportunidad. Sin saberlo, se coordina con:
Agricultores en Illinois, el estado vecino.
Transportistas de la región del Midwest.
Fábricas de alimentos en Chicago y plantas lácteas en Milwaukee.
Mayoristas en Indianápolis.
Liz no planea la economía, la entiende y actúa a través de los precios. Llega a casa y prepara un goulash con arvejas. Tristemente, no le queda sabroso, pero sabe que mañana podrá intentar otra cosa.
La imposibilidad del socialismo
A partir de la historia cotidiana de dos personas en mundos muy distintos, vemos la importancia de los sistemas de precios. Un precio condensa preferencias, escasez, tecnología, tiempo, riesgo y expectativas. Todo eso en un solo número, y eso es brutalmente eficiente.
Mises y Hayek mostraron que el socialismo no fracasa por corrupción ni por falta de buenas intenciones, sino por pura imposibilidad lógica: sin propiedad privada no hay precios reales, y sin precios no hay cálculo. Eso es Boris. Trabaja, pero no sabe si produce valor o desperdicio. No hay señal que le diga qué es escaso, qué sobra o qué debería cambiar. El plan decide, pero el plan no aprende. Mientras tanto Liz no planifica nada y, sin embargo, coordina todo. Cada precio le habla, cada decisión ajusta el sistema. No necesita entender la economía porque ésta le responde.
Cuando se eliminan los precios, la economía no se humaniza, se enceguece. Y cuando se enceguece, sólo quedan dos salidas: el colapso o el mercado negro.
Los precios son las palabras del mercado
Antes de aprender a leer, el mundo era ruido, lleno de sonidos sueltos, gestos e intuiciones vagas. Era un mundo donde había experiencia, pero no comprensión. Cuando aparecen las palabras, ocurre algo radicalmente importante, y es que el mundo se puede pensar. Nombrar una acción o un objeto se convierte en una tecnología cognitiva. Con las palabras se permite distinguir, comparar, recordar, anticipar y coordinar acciones con otras personas. Sin lenguaje no hay pensamiento complejo, puede haber percepción, pero no entendimiento. Por eso las palabras son más que un adorno cultural y son el instrumento fundacional del entendimiento humano. Hemos visto en substacks anteriores que el poder de la palabra es tan grande que hasta sirve para la manipulación moral.
Ahora llevemos esa idea a la economía. Los precios cumplen exactamente la misma función que las palabras, pero en otro plano. Los precios forman la red neuronal con la que la sociedad piensa la escasez. Pero, en este mundo infectado con el virus del colectivismo, resulta muy atractivo hacer llamados a la intervención en precios, a regularlos, o hasta subsidiarlos. Incluso políticos que se dicen defensores de la libertad permanentemente llaman a intervenir mercados y a imponer “precios justos”. Explicaremos el daño que tales llamados le hacen al bienestar de las personas, con varios ejemplos históricos y domésticos bien documentados:
Ejemplo 1: Pan más barato que el grano
El problema: Durante décadas, especialmente desde los años 60 hasta los 80, la Unión Soviética mantuvo precios administrados y fuertemente subsidiados del pan como bien político básico. El objetivo era simbólico, que “nunca faltara pan”. El problema fue que el precio del pan estaba fijado artificialmente bajo, mientras que el precio del grano (trigo, cebada) para uso agrícola y forrajero no reflejaba el subsidio final. Como resultado, en múltiples regiones resultó más barato alimentar ganado y cerdos con pan procesado que con grano. Esto no fue una excepción marginal, sino un fenómeno documentado.
El daño: El hecho que se haya llegado a alimentar cerdos con pan no es una curiosidad pintoresca del socialismo real. Es la manifestación visible de un problema económico profundo. Cuando el precio del pan se fija artificialmente por debajo de su costo real, el sistema recibe una señal falsa. Le dice a todos —productores, distribuidores y consumidores— que ese bien es abundante, cuando en realidad es escaso. Y el resultado es doblemente destructivo: se produce en exceso lo que no se necesita y se deja de producir lo que sí es importante. El bienestar no se mide sólo por “precios bajos”, sino por disponibilidad, calidad y continuidad. En la Unión Soviética el pan era “barato”, pero no siempre había, no siempre era fresco, y no siempre llegaba a quien lo necesitaba. Mientras tanto, recursos escasos (trigo, energía, trabajo humano) se desviaban hacia usos absurdos, como alimentar animales con alimentos procesados, en lugar de mejorar la dieta de las personas. Ese es el daño real, la intervención de precios rompe la coordinación y obliga a la sociedad a vivir peor de lo necesario, aún cuando tiene capacidad productiva suficiente.
Ejemplo 2: Energía artificialmente barata
El problema: Entre 2007 y 2015, Argentina mantuvo tarifas de electricidad y gas congeladas como política central de “defensa del bolsillo”. El precio de la energía quedó desconectado de costos de generación, transporte, inversión y expansión de capacidad. La señal fue clara, pero falsa, la energía parecía abundante y barata, cuando en realidad era escasa y costosa de producir.
El daño: Al eliminar la señal de precio, se destruyeron los incentivos a invertir y mantener infraestructura. Las empresas energéticas dejaron de expandirse, el sistema se degradó y el Estado tuvo que cubrir la diferencia con subsidios crecientes, financiados con déficit e inflación monetaria. El resultado fue previsible: apagones, racionamiento, deterioro del servicio, mayor carga fiscal sobre los mismos ciudadanos “protegidos”. La energía no era realmente barata. Simplemente se pagaba después, con peor servicio, más impuestos e inflación. El bienestar cayó porque la economía perdió la capacidad de anticipar escasez y corregir a tiempo.
Estos ejemplos demuestran que intervenir precios no elimina la escasez, sencillamente elimina la información para enfrentarla. Alguien dirá que son ejemplos muy radicales y rebuscados, y que eso no ocurre en Colombia donde nunca hemos tenido socialismo “de verdad”, y que la tecnocracia nos protege. Lástima tener que diferir con tres ejemplos criollos, todos ellos incluso fecundados durante gobiernos llamados “pro-mercado”:
Colombia 1: Gasolina con precio político
Durante años, Colombia mantuvo precios internos de la gasolina artificialmente bajos, desacoplados del precio internacional del petróleo, bajo la narrativa de “proteger al consumidor”. La diferencia se cubría vía el Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles (FEPC). El precio dejó de reflejar escasez, costo de oportunidad y volatilidad internacional. La gasolina parecía barata, pero no lo era.
El costo no desapareció, se acumuló como déficit fiscal y el resultado fue un hueco multimillonario en el FEPC, presión sobre impuestos futuros, menos recursos para inversión social real y una corrección abrupta posterior, mucho más dolorosa.
Colombia 2: Energía sin señal de escasez
En Colombia, el sistema eléctrico combina regulación, subsidios cruzados y topes tarifarios con la intención de “proteger a los hogares”. En la práctica, el precio que paga el usuario final no siempre refleja escasez hídrica, riesgo climático ni costo marginal real. Durante episodios como El Niño, la señal de escasez llega tarde o diluida. Cuando el precio no sube a tiempo, simplemente no se incentiva el ahorro de energía, no se acelera inversión en respaldo térmico y se tensiona la estabilidad del sistema. El bienestar se deteriora no porque “falte energía”, sino porque el sistema no advierte a tiempo que está faltando. El resultado potencial es racionamiento, subsidios fiscales crecientes o transferencias forzadas entre usuarios. Una vez más, el problema no es técnico, es informativo.
Y si esos ejemplos no convencen, toca entonces volver sobre el tema de moda actual en Colombia, éste sí el hijo predilecto del gobierno actual.
Colombia 3: Salario mínimo como precio político
El salario mínimo se fija por decreto, muy por encima de la productividad de millones de trabajadores, especialmente jóvenes y poco calificados. El precio del trabajo deja de reflejar su valor real y el ajuste ocurre vía desempleo, informalidad y exclusión. El trabajador “protegido” no gana más, simplemente no es contratado.
Y no paremos allí, simplemente listemos varios otros casos de intervención de precios que padecemos a diario en Colombia:
Peajes: tarifas políticamente contenidas, que genera déficit en concesiones, obras frenadas o renegociadas con sobrecostos futuros.
Transporte público: pasajes subsidiados, que nos llevan a sistemas crónicamente quebrados, peor servicio y rescates fiscales recurrentes.
Agua potable: tarifas politizadas, con la consecuencia obvia de menor inversión en redes, pérdidas técnicas altas y servicio deficiente en periferias.
Servicios de salud: precios regulados, con desabastecimiento de medicamentos, clínicas inviables y tiempos de espera crecientes. O dicho crudo, intervención para generar más muertes.
Crédito (tasas de usura): topes a tasas, trayendo exclusión financiera de los más riesgosos y expansión del gota a gota.
Matrícula universitaria pública: precios artificialmente bajos, generando cupos escasos, racionamiento por puntaje y exclusión silenciosa.
Cierre
Boris hacía fila sin saber qué iba a encontrar. Trabajaba, obedecía y esperaba. Vivía en una economía que había perdido el lenguaje con el que podía pensar la escasez. Liz, en cambio, tomaba decisiones todos los días. No planificaba el sistema, pero el sistema le hablaba a través de los precios.
Cada vez que un político promete “precios justos” o intervenciones bienintencionadas, nos empuja un poco más hacia el mundo de Boris y un poco más lejos del de Liz. No es una discusión moral, es una cuestión de información. Cuando se silencian los precios, la economía deja de coordinarse. Y cuando eso ocurre, los cerdos comen pan, y los demás comemos mierda.

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