Batalla Cultural - Episodio 1
No nos dejemos engañar con la inflación
A partir de este Substack quiero abrir una serie de textos que funcionen como herramienta y munición para dar la batalla cultural. Con lenguaje digerible para todo el mundo, aspiro a que se conviertan en una suerte de toolbox para desarmar el marco mental imperante, aquel que siempre favorece al Estado, que sospecha sistemáticamente del individuo y que se origina en el dogma de que cualquier problema se resuelve con más poder, más regulación, más subsidios y más impuestos. Esta es, en esencia, una invitación a una conversación urgente, no por coyuntura sino por profundidad. El marco mental que nos gobierna no cayó del cielo, fue construido. Y si fue construido, afortunadamente puede desmontarse.
Mi propósito es que cada entrega sea una pieza de precisión en esta batalla cultural por la libertad. Porque antes de cambiar leyes, hay que cambiar conversaciones, y antes de cambiar conversaciones, hay que corregir conceptos. Las sociedades no se derrumban por falta de recursos, sino por exceso de malas ideas. Si Colombia quiere darse una oportunidad real de prosperar, debe recuperar algo elemental que es entender que la libertad —cuando se comprende y se defiende sin eufemismos— no sólo crea mejores economías, sino mejores individuos y mejores sociedades.
Las dos confusiones inducidas por políticos, banqueros y periodistas, y repetidas a diario por todos nosotros.
Hay dos confusiones simultáneas, perfectamente diseñadas para que no veamos el origen del problema monetario. La primera es en confundir IPC con inflación, y la segunda está en aceptar el argumento que un incremento de costos nos trae inflación. El uso simultáneo de esas dos ambigüedades les facilita la estafa monetaria a los políticos y nos deja a los ciudadanos convencidos que las soluciones que ellos proponen son necesarias y sensatas. Somos los indios que cambiamos oro por espejitos brillantes y aplaudimos cuando nos vemos las caras (de pendejos) reflejadas allí.
Vamos como todo un aguafiestas a tratar de develar el engaño del mago.
Confusión No. 1: confundir IPC con inflación
La primera confusión es espectacularmente diseñada, es tan simple y omnipresente, que ni la vemos. Y de ahí su potencia. Somos como el pez que no ve el agua que lo rodea. El famoso IPC (índice de precios al consumidor) es un indicador que mide cuánto varían, en promedio, los precios de una canasta de bienes y servicios que consumen los hogares. Esa canasta incluye cosas como: alimentos, transporte, vivienda, educación, vestuario, salud, recreación, servicios públicos, bienes y servicios varios. Cada ítem tiene un peso distinto según cuánto representa en el gasto típico de un hogar. El IPC no es otra cosa que un promedio ponderado de precios (los productos de la canasta y su ponderación definidos por unos burócratas de turno del gobierno).
La inflación de verdad, la única, la monetaria, es la pérdida del poder adquisitivo del dinero por exceso de oferta monetaria. En economía, al menos desde una tradición monetarista muy sólida, pocas cosas son tan claras como esa: la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario. Milton Friedman no inventó la frase, simplemente la sintetizó mejor que nadie. Eso lo vimos en detalle en el substack “Nos robaron el futuro” donde hacíamos la distinción bien fundamental entre lo que los políticos llaman “inflación” y la verdadera, la inflación monetaria (la que nos afecta y la que nos debe importar). Hablamos también de cómo nos obligaron a ser inversionistas a la fuerza en razón a ello.
El error, cometido por todos, es creer que IPC es la inflación. Incluso sin entrar en el tema de inflación monetaria, caemos también en la trampa cuando aceptamos que el IPC que nos reportan es la inflación (nótese como en dicho substack caigo en la trampa de confundir IPC con inflación reportada). Es tanta la inercia de la trampa, que sin darnos cuenta caemos permanentemente en ella. El IPC mide cambios de precios (de esa canasta), pero no explica por qué suben. El IPC simplemente registra esa pérdida después de que ocurre. El IPC es el termómetro, la inflación es la fiebre.
Entendamos lo sencillo pero efectivo que es el truco:
Si sube un precio, ese precio puede subir el IPC.
El IPC es el indicador que llamamos “inflación”.
Por lo tanto, “hay inflación”.
Ahí está la trampa. Confundir termómetro con patología es ideal cuando el médico es el mismo que provoca la fiebre.
Miremos como curarnos del truco (batalla cultural):
Entendamos que los gobiernos NO llaman inflación a lo que de verdad importa (el crecimiento de los agregados monetarios como M2). Esos datos existen, se publican, pero casi nadie los mira ni los explica. No la llaman inflación, no la ponen en el titular, ni se esfuerzan en explicarla porque no les conviene.
En cambio, lo que nos reportan es lo que dice el termómetro: el IPC. Ya sabemos del substack mencionado que multiplicamos por 2.5 ese IPC y llegamos a lo que NO nos quieren decir. La inflación (monetaria, la de verdad, la única que existe) estará cercana al 13% en Colombia este año. Lo demás es ruido.
Lo que significa: mis pesos me compran 13% menos cosas cada año. ¡Gracias gobierno! ¡Te amamos! ¡Eres lo máximo!
Confusión No. 2: aceptar el argumento que un incremento de costos nos trae inflación.
La segunda confusión viene de una trampa lingüística que no es casual y que se repite tanto que termina pareciendo verdad. Esa trampa, dañina en el sentido económico, moral y político, es la idea de que “subió el dólar, subieron los salarios, subió la gasolina y por eso hay inflación”. ¡No! Es técnicamente falso. Y es, además, intencionalmente confuso.
Vamos por partes para develar esta segunda confusión:
a). La inflación no sube porque subieron unos (o muchos) insumos.
El precio del dólar, de la gasolina, del trigo, del huevo, del aguacate, del diésel o del salario mínimo, son precios relativos que se mueven por oferta y demanda. Su subida puede incomodar, puede afectar bolsillos, puede llevar a protestas, pero no son la causa de la inflación. Lo que hacen muchos gobiernos y bancos centrales es desviar responsabilidad, ganarse un titular y camuflar el verdadero problema: ellos son, en última instancia, quienes controlan la oferta de dinero. Y ya vimos el daño que le hace al ahorro esa expansión de billetes.
La inflación (la verdadera, la monetaria) es un fenómeno agregado, sistémico y generalizado. No es el aumento de un precio específico, sino el movimiento simultáneo y sostenido del nivel general de precios en distintos sectores de la economía. Eso sólo ocurre si el denominador (el dinero) se está diluyendo. Cuando un político dice que “hay inflación porque subió la gasolina”, está diciendo un sinsentido equivalente a que “hay obesidad porque hoy me comí un postre”. No. Hay obesidad porque hay exceso de calorías acumuladas. El postre es una anécdota.
Milton Friedman, el más genial de todos los economistas para simplificar los temas, develó la estafa monetaria con una metáfora brutalmente simple, la del helicóptero de Friedman, que sirve mucho para aclarar esta segunda confusión. Pocas veces una idea económica compleja fue explicada con tanta claridad, casi infantil, precisamente para exponer lo absurdo de culpar al dólar, a los salarios o a la gasolina. Friedman decía: “imaginemos un helicóptero volando sobre una comunidad y dejando caer billetes del cielo”. ¿Qué quería decir? Que si un día cualquiera alguien aumenta súbitamente la cantidad de dinero en circulación (sin aumentar la producción de bienes y servicios) todos los precios terminarán subiendo, independientemente de qué esté pasando con el petróleo, con el tipo de cambio o con el salario mínimo. La inflación aparece porque hay más dinero persiguiendo la misma cantidad de bienes y servicios. Punto.
El helicóptero es la tenaza con la que damos la batalla cultural de esta segunda confusión porque mata todas las excusas: no subió el dólar, ni la gasolina, ni los salarios, ni hubo guerras, ni shock de oferta, ni especulaciones. Sólo cayó dinero desde el cielo, y, aun así, inexorablemente, todos los precios subirán en la economía. El helicóptero muestra que la inflación no viene de los precios. Los precios son la consecuencia. En la práctica, el helicóptero existe (sólo que no lo vemos), y son precisamente los gobiernos soltando billetes. Lo que pasa es que lo hacen de maneras mucho más sofisticadas:
déficits fiscales financiados con deuda que compra el banco central,
expansión de la base monetaria vía operaciones de mercado abierto,
tasas artificialmente bajas que multiplican crédito,
programas de gasto sin respaldo productivo,
monetización indirecta de deuda pública.
b). ¿Entonces por qué repiten la mentira?
Porque es útil, decir que la inflación viene del dólar o de la gasolina tiene tres beneficios políticos:
Traslada la culpa: Si el responsable de la inflación es “el dólar”, entonces el gobierno no es culpable. Conveniente.
Justifica más intervención: Si “los empresarios suben precios”, el político puede proponer controles de precios, más regulación, más impuestos y más burocracia. Nunca falla.
Camufla la causa real: Hablar del dólar o el salario mínimo distrae de lo importante: quién expandió la base monetaria, quién financió déficits vía emisión, quién licuó el ahorro de los ciudadanos, quién vive del impuesto más cruel de todos.
Ya habiendo develado las dos confusiones más comunes alrededor de la inflación, es importante entender la relevancia de esto.
¿Por qué todo esto existe? ¿Qué gana el Estado con las dos confusiones?
La respuesta es el señoreaje, el impuesto más rentable del Estado y el menos comprendido por los ciudadanos. El señoreaje es el beneficio que obtiene el Estado por emitir dinero, antes de que ese dinero pierda valor. Es, en esencia, la ganancia que obtiene el creador de la moneda por ponerla a circular. Vamos con un ejemplo simple:
Al gobierno le cuesta casi $0 imprimir un billete de $100.000.
Pero ese billete compra bienes reales por $100.000.
La diferencia entre el costo de crear el dinero y lo que ese dinero compra es señoreaje.
Pero el verdadero problema no es ese costo físico. El señoreaje moderno es más insidioso porque cuando el gobierno expande la cantidad de dinero y ese dinero diluye el poder adquisitivo de los ahorros existentes, el Estado (representado por el gobierno de turno) se queda con el valor que los ciudadanos pierden. Es un impuesto sin representación, sin ley, sin debate, sin votación, sin oposición posible. Y es altamente rentable, porque se cobra sobre:
el salario de cada trabajador,
el ahorro de cada familia,
el capital de cada empresa,
la pensión de cada adulto mayor.
Es tal vez el impuesto más regresivo de todos: casi siempre castiga más al pobre. El señoreaje es, en últimas, el precio que pagamos para que el Estado tenga el monopolio de imprimir dinero. Y el Estado imprime dinero simplemente porque es un irresponsable, siempre gasta más de lo que tiene, y necesita inflación para sobrevivir. La inflación no aparece en el vacío. Es una consecuencia casi que inevitable del diseño institucional del Estado moderno.
En últimas, la batalla cultural la ganamos cuando entendemos la estafa:
Señoreaje: la razón de fondo que tiene el Estado para engañarnos. Lo hace confundiendo IPC e inflación, y confundiendo intencionalmente el origen de la subida de precios.
El déficit fiscal permanente es la verdadera y única razón por la cual el Estado necesita inflar la moneda. Y aquí es donde magistralmente Friedman explicó el engaño “Keep your eye on one thing and one thing only: how much the government is spending, because that’s the true tax”. Mantén tus ojos en una cosa y sólo en esa: cuánto es lo que gasta el gobierno pues ese es el verdadero impuesto.
Conclusión: la verdad es incómoda porque señala al poder.
La inflación no viene de los precios. Los precios suben porque la inflación ya ocurrió. Y los políticos lo saben, los banqueros centrales también, y también lo saben los burócratas que diseñaron el IPC y la canasta familiar. Pero mientras puedan culpar al dólar, a la gasolina, al salario, al tendero, al empresario, a la guerra o al clima, la mentira seguirá siendo útil. Funciona porque suena intuitiva, porque parece técnica, porque tranquiliza al culpable y porque anestesia al ciudadano. La narrativa confunde, la inflación empobrece y el señoreaje recauda. Y el ciudadano paga la factura sin saber que la pagó.
Esa es exactamente la razón por la cual esta batalla cultural importa. Porque cuando uno entiende el truco, deja de aplaudir y se convierte en vigilante. Cuando uno entiende que el déficit fiscal es el verdadero impuesto y que el Estado vive del deterioro silencioso de nuestra moneda, ya no traga entero. Ya no acepta argumentos del tipo “es que el dólar subió” como explicación. Ya no compra el cuento del IPC como diagnóstico. Ya no aplaude el espejito brillante del poder. La claridad conceptual es el primer acto de resistencia. Pero, sobre todo, recordemos que la libertad comienza por el lenguaje, recuperemos las palabras y que no nos manipulen con ellas.

Muchas gracias por tan profunda y sencilla explicación.
Que gran artículo Nicolas!